Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Fauna abisal

…me gustaría apagar todas las luces del

mundo, o sacarle los  ojos a toda la gente…

Tanin No Kao

Por supuesto tenía mis reservas para hablar de Identidad. Primero porque iba a ser un error partir de lo que el término suele suponer en el entendimiento colectivo (lo que sea que eso signifique); segundo, trabajosamente entiendo lo que significa para mí; tercero, hay un matiz horrible en todo esto que me hace pensar en las muchas materias de ética y valores que hubo en mi vida escolar y que casi desde ya me traen el recuerdo de lo aburrido que es leer temas así en un libro de texto.

      Para no ahuyentar a los lectores (tan rápido), tengo que partir de esto: el punto en que no tengo ideas claras sobre nada —a no ser las que me precipitan sobre el lugar común y que necesariamente son la imagen de una bandera de México ondeando solemne, muros llenos de graffiti a todo color y grupos de esos urbanos y suburbanos marchando por ahí— y donde las insinuaciones de ese patriotismo débil de la televisión y de la multiculturalidad tipo serie de televisión americana donde a fuerza hay un latino y un oriental cede a una reflexión probablemente menos conmovedora pero acaso más equilibrada.

      Hay cosas de las que en definitiva ya no se va a hablar aquí por razones de tiempos y espacios (el significado de aquella excelente viñeta del perro sentado frente a una computadora explicando a su otro compañero canino: es que en internet nadie sabe que eres un perro), pero vamos a dejarlo en que el hombre, salvo anotadas excepciones, necesita que haya un ejemplar más de sí. Necesita reconocerse en algún otro, así sea el caso de que en todo el universo sólo exista una persona más como él.

     Eventualmente estas personas semejantes habrían de encontrarse y conformar un grupo, a primera vista pequeño, pero ya lo suficientemente grande para proteger intereses mutuos y plantar la cara ante el caos de alteridades del mundo externo que ostentaría sus diferencias y se jactaría en sus contrastes; estas dos personas se reconocerían una en la otra y se percibirán a sí mismas como un grupo con fronteras claras y con identidad x. Se protegerían, velarían por intereses comunes. Llegado el caso de que los integrantes de este conjunto se toparan con los del y  o el z, lo más claro a la mirada de los presentes sería la mutua exclusión de sus características.

     Tenemos, queda claro, una fijación con las etiquetas. Necesitamos que alguien nos catalogue, que nos digan: clase media, blanco, occidental, hombre, mujer, mexicano, fulanito. Entre más etiquetas más especificidad, menos borrosos. Nuestro nombre mismo, nuestra escolaridad, todo nos encuadra, nos pone límites con los que podemos identificarnos, eliminamos rasgos asociados a otras identidades, adoptamos otros: soy sudamericano, me llamo Juan, mi signo zodiacal es Aries, la gente de mi pueblo hace esto, a la iglesia se va los domingos. Hago las cosas que hace mi gente y por ello mismo puedo decir mi gente.

      Luchamos por agarrarnos de algo, por tener certezas de que somos como somos por razones particulares. Nos convencemos de que no podríamos ser de otra forma, que por educación y genética llevamos en cada acto el resultado de elaborados y muy lentos procesos constructivos.

   ¿Pero qué tanto de lo que nos vuelve nosotros es una  verdadera constante, un atributo concreto de identidad? Yo no sé, por ejemplo, qué tan confiable puede ser cualquier definición de identidad individual; ¿es la identificación del yo con el qué? ¿De mí hacia mi nombre, hacia mi historia, hacia una ideología…? Ya puede verse que no son categorías aprehensibles ni delimitables lógicamente.

      Hace unas horas, como sea, pensé en que mucho de lo nos parece constante para la vida nace de la mirada y de la forma en que la efectuamos. Y con este atributo visual de nuestra cultura no quiero referir al diseño y a los colorcitos maravillosos del cine contemporáneo y la plástica posmoderna. Es otra cosa más amplia que abarcaría toda la naturaleza del estímulo luminoso y su conducción escópica, nunca reductible a términos exclusivamente pictóricos o iconográficos. La cultura es visualidad.

Primero supongan que todos ustedes están ciegos. Y más que eso, la especie de la que forman parte es una especie en la que todos están ciegos. Ninguno de ustedes ha visto jamás. Por supuesto les cuesta entender a qué me refiero con la palabra “ciego”, sólo saben que describe la pérdida de una aptitud que ustedes no pueden considerar perdida porque no la han tenido nunca.

      Esta aptitud que no han tenido nunca es el ver. No pueden imaginar en qué consiste esta aptitud porque no saben lo que supone imaginar. No pueden imaginar porque por principio no saben lo que es una imagen.  No entienden lo que supone ver, ni lo que significa mirar porque son verbos ridículos sin ninguna relación con la realidad de su mundo. En su realidad  habrá, tal vez, verbos que no signifiquen nada para nosotros los que vemos: corimar, esfenar… yo qué sé. Sólo estoy seguro de que me oyen pero no me ven.

      Pero también sé que si orgánicamente estuvieran capacitados para  ver, el ver sería aún algo que tendrían que aprender a hacer: no bastaría con tener ojos, tendrían que ejercitar la mirada, educarla. Una vez paridos se enfrentarían a un mundo lleno de objetos que ante todo serían visibles y nominados. Esos nombres serían desprendimiento arbitrario de las formas y las cosas, habría un lenguaje gráfico —visual— de garabatos frecuentes creados para leerse, un código de signos que no han podido erradicar su núcleo fonocéntrico. La letra de tinta suena, sólo así es una letra que cumple su función. La imagen de la palabra es acústica. Cuando yo digo hielo, ustedes tendrían que pensar en lo que yo sé que es un hielo. Pero para entendernos tendrían antes que haber visto un hielo y aceptar que eso que yo llamo hielo es un hielo.

      Sin embargo, está claro que no pueden leer, no saben lo que es una letra, no conciben que de la visualidad nazca una palabra leída y audible. No pueden ver.  Y no lo lamentan, porque jamás han visto. Verdaderamente no sospechan, siquiera vagamente, lo que se pierden, si es que algo han perdido. Para ustedes el mundo es naturalmente hostil.  Desarrollaron pronto la habilidad para caminar en la oscuridad, aunque no pueden saber lo que es la oscuridad porque no está en oposición a nada. Para quienes sí vemos, la oscuridad se opone a la luz y por ella la entendemos. Con ustedes ninguna de estas especulaciones sirve de nada. Su sociedad es probablemente táctil u olfativa. Se encuentran unos a otros en medio de palpaciones lentas y aborrecibles.

      Quise pensar en este tipo de sociedad, limitada al punto en que casi todo valor humano perdería su sentido: la escritura, la pintura, la danza, los espacios —las distancias—, las horas del día, el color de la luz, las sombras. La nostalgia, el dolor de no ver un rostro querido por mucho tiempo. Cómo extrañar una cara si nunca se le ha visto. El rostro mismo perdería todo sentido cultural: ni factor cosmético, ni de moda, ni de identificación personal.

    ¿Hasta qué punto el rostro está en la raíz de la identidad personal? Las caras cambian con el tiempo. Son un poco como lo que ocurría en aquella paradoja de los calcetines de Locke, la duda de que unos calcetines remendados puedan ser en esencia los mismos calcetines. Y tras haber sido remendados al punto de no guardar ya nada de la tela original ¿Seguirían siendo los mismos calcetines? Y sin querer caer en aquello de que nadie se baña dos veces en el mismo río, ¿Seremos la mitad de los niños que fuimos, o de los viejos que seremos? Y no pensemos sólo en la cara, sino en toda la madeja de relaciones en que nos vemos inmersos. Cambiamos nuestra identidad a conveniencia, es una adhesión caprichosa, tomada a la ligera y sin ningún sentido. Hoy soy cristiano, mañana budista. Hoy hombre, mañana mujer. Hoy pretendo un interés en el arte para agradar a mi pareja, mañana todo está perdido y vuelvo a ser yo para volcarme sobre la física o la espeleología.  Con esto de la posmodernidad ya casi nos estamos volviendo a aburrir, porque no puede enunciarse nada sin que esté intrínsecamente relativizado. Hasta acá nos ha perseguido el sinsentido.

    ¿Seríamos nosotros si bajo la cara pensáramos idéntico y tuviéramos iguales condiciones de cultura y memoria? ¿Qué es lo que basta para que el yo perdure?

    Si al despertar, por ejemplo, viera las manos de cualquiera de ustedes en el lugar donde solían estar las mías quizá no me daría cuenta de lo que sucede. No de inmediato. Si removiera mi cuerpo bajo las sábanas siendo el cuerpo de otro, palpando una piel que sería la mía aunque se sintiera como otra, si tuviera un corte de cabello que no es el mío aunque fuera el que llevo… incluso así podría ser que no sintiera no ser yo, pues seguiría dentro de mí y pensaría como pienso siempre.

      Si al levantarme de la cama viera en el espejo otra cara en vez de la mía, la cara de cualquiera de ustedes que me leen en lugar de la mía, entonces sí que sospecharía algo raro. Lo primero que diría sería “ya no soy yo…”, incluso cuando una frase así sólo cabe construirla desde adentro del cuerpo y desde la conciencia propia. Desde mí, debajo de esa cara otra, de cualquier cara.

   Pero mis recuerdos seguirían intactos. Mi conocimiento, mi idiosincrasia, la memoria de cómo se llaman mis padres y mis hermanos, la certeza de que tengo un amigo que se llama así y una prima que vive en el extranjero. El dolor de los seres perdidos a lo largo del tiempo, el humor y la tristeza. Todo en esencia idéntico a como fue ayer, todo excepto la cara, esta capa de piel que me insinúa que no puedo pensar lo que pienso porque eso lo pensaba otra cara, otra persona, no esta cara, no yo.

    ¿Ustedes qué necesitan para reconocerse por la mañana? ¿Un gesto familiar, una red de seguridad tendida de espejo a espejo? ¿Soy el rostro que doy al mundo, soy mi cuerpo? ¿Seguirá la gente tratándome como siempre cuando vean que soy otro? Que no sea como esa pesadilla de Sábato en la que un mago me convierte gradualmente en pájaro y yo grito y grito a mis amigos, me escucho proferir chillidos  horribles, animales, ruego que me ayuden. Nadie parece darse cuenta de nada. Para todos ellos ni soy pájaro ni hago sonidos extraños. Estoy atrapado en la imagen que he sido de mí para la eternidad, mientras a los ojos de mi mirada sigo convirtiéndome en pájaro irremediablemente, y mientras, aparentemente, para mis amigos nada ha cambiado.

    En la película Tanin No Kao, el protagonista ha sido víctima de un accidente industrial que le ha hecho perder el rostro. De esta película hay algunas cosas qué decir que me ayudan a caer en cierta solución para este deplorable y siempre muy indeterminado texto.

    La primera es que tienen que verla, por lo menos por el gusto de ver una cosa bien hecha, dejen de lado si es o no es su tipo de cine ¿Dónde verla? Les diría que en YouTube, pero está en japonés con subtítulos en portugués, así que olvídenlo. La voy a tener aquí (con subtítulos acá) por las siguientes dos semanas y después la quito, si alguien está interesado bájenla ya, pesa 1,44 GB. O búsquenla en internet, que sí está.

    Pero me estoy desviando gravemente. Durante gran parte de la película, nuestro protagonista aparece con la cara totalmente vendada. Hay algo tenso y muy efectivo en la forma en que están articuladas las imágenes, la impresión de que algo terrible existe bajo las vendas, gran nitidez y sin mayores recursos. Pensemos en que si viviéramos en la oscuridad, industrias como la de los cosméticos no tendrían ningún sentido. Nadie vería si estamos o no peinados, si tenemos los ojos enrojecidos o delineados, si nuestro cabello es naranja o azul. No estaríamos impelidos a la vanidad.

     Un hombre sin cara solo se siente libre en la oscuridad, —reflexiona nuestro hombre sin rostro— por eso los peces del fondo del mar son tan espantosos. Después suelta una risa cáustica. Esta frase, para mí, dio en el clavo con lo de la importancia de la mirada. Somos visibles y enriquecemos nuestras propiedades visuales porque alguien nos verá. El caso del rostro es, en algunos sentidos, una suerte de culmen cultural de la identidad. ¿Cuánto tiempo invertimos en él, cuánto le hemos visto de reojo en innumerables espejos? Quién se atrevería a sentir lo que sería ver una capa lisa de piel en lugar del rostro —si fuera posible ver sin necesidad de ojos—, notar que la cara no es sino un espacio sobre el cuello, cubierto con papel de arroz. Véanme a mí, o vean un agujero en la pared, da exactamente lo mismo.

     Soy como los demás cuando está oscuro. Y si fuéramos como los demás, los demás serían igualmente nosotros. No habría reyes ni altos gobernantes. No habría diferencias discernibles en ninguna dirección. Lo que es peor, términos como  confianza, sospecha, traición, huida, que tienen sentido a la luz de lo intrapersonal, serían indicadores vacíos de cosas impensables. ¿Cómo desconfiar, cómo sentirse robado? Nada de eso existiría.

Más adelante en la película un psiquiatra se ofrece a confeccionar una máscara al personaje principal, conociendo incluso los riesgos implicados y la certeza de violar por mucho el límite ético de la medicina. Usamos máscaras, nadie lo negaría. La máscara del alcohol es buena metáfora: emborrachar a una faceta necesaria de nuestra personalidad, un fragmento que ceda, que se doblegue al peso de la vida sin remordimientos. El desenmascaramiento del amor, esa búsqueda agitada por arrancar lo que no es el verdadero rostro de la persona amada. Las máscaras son el perfecto sustituto visible de la oscuridad.

    Las máscaras podrían destruir toda moral humana… —advierte el psiquiatra—…nombre, posición, ocupación, todas esas etiquetas no volverían a importar. Todos serían extraños para los demás. Sería normal estar solo. No habría necesidad de sentirse culpable por eso. El pasado, la fidelidad, la lealtad, todo sería tan indistinto que da miedo sugerirlo.

    No voy a seguir contando la película porque confío en que van a querer verla y que con suerte podría hasta gustarles. Comentaré solamente una escena más. Estando acostumbrados a los dos personajes principales —el hombre sin rostro y el psiquiatra— olvidamos un poco que hay más gente en la historia, aunque sea a manera de attrezzo. Desde las puertas de cierto lugar (un cine, un museo, no se especifica), aparece un torrente de gente sin rostro que camina alienada en la misma dirección, lisos, homogéneos. Sólo el psiquiatra y su paciente caminan en el otro sentido. Hay un muy breve momento de complicidad, donde quizá estos dos personajes pudieron ver sus caras genuinas e identificarse en su soledad. Usted no es el único solitario —dice el psiquiatra ante la sorpresa en la mirada de su acompañante—. Ser libre siempre implica la soledad. Es sólo que hay máscaras que pueden quitarse y otras que no.

    La libertad puede ser, siguiendo en el marco de esta parábola, una saturación de identidad, una disposición que nos vuelve contra la inercia estúpida de la vida y nos aísla. No hay consuelo en la libertad, hay ante todo una aproximación a la luz, un reconocimiento de la máscara y la inhumanidad de las masas, una negación a disolverse como si cualquier cosa. ¿Alguno escogerá, difícil y honrosamente, negar su propio disolverse en la pleamar indiferente de las identidades de hoy?

Rodolfo Hurtado

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Un comentario el “Fauna abisal

  1. Torestram
    septiembre 15, 2012

    Espero no le importe que lo termine de leer después

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Esta entrada fue publicada en septiembre 10, 2012 por en Artículos, Identidad y etiquetada con .
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