Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

EL NAHUAL

¡Qué triste está ahí el coyote! 
El coyote, la luz y la negrura.
¡La oscuridad sobrecoge!
¡Aúlla el coyote-gente-luna!

Los Kilawa. El mundo se hizo así, Jesús Ángel Ochoa (1978)

Corre, sus pies descalzos hollan la tierra. Corre, entre piedras y ramajes secos que chascan y rasgan sus plantas. Corre, mientras su respiración se agita, el sudor escurre y sus pies parecen convertirse en patas.

El sonido de las hojas secas que crujen  le recuerda el otoño en la sierra, y  trae a su pensamiento recuerdos vagos de una infancia que ahora desconoce. Hace un tiempo, ya ni siquiera recuerda cuando, cambió sus huaraches por  zapatos costosos y el ayate por un traje elegante.

Apóstata, habiendo renegado de sus raíces se fue a la gran ciudad, a convertirse en hombre letrado, en hombre de negocios, en un hombre importante. Despreció y quiso quitarse  la carga de ser el hijo del chamán:

-Llevarás el nombre de Itzcóyotl como el destino te lo confiere, tu piel obscura y  alma de animal regirán tu vida, eres una criatura de la noche, libre, con sed y avaricia. En tu cuerpo llevas contenidas la negrura del crepúsculo y la luminosidad de la luna, eres la dualidad, hay que elegir  siempre el bien sobre el mal coyote de obsidiana… – .

Todo volvía a su mente en una proyección que lo atormentaba, esto no es posible, se repetía a sí mismo una y otra vez mientras corría; él se había convertido en hombre de razón.

Y comenzó a recordar,  regresó en espíritu y esencia  a ese momento en que imberbe salió huyendo a la ciudad, donde se dio la transformación que él buscaba, la de intereses, contrario a lo que le adjudicaba su ventura al ser un hombre- animal.

Evocó aquel instante en que después de días y noches de andar, al llegar ahí, asombrado ante todo lo que estaba frente a sus ojos, abandonó sus sentidos y se entregó a la vida material, donde la rutina y la cotidianidad borraron todo recuerdo existente en su mente anterior a ese día.

Se convirtió en una máquina, en un objeto más de la producción en serie que es la humanidad capitalizada, fue empleado por mucho tiempo, pero aspirante a ser empleador. Fantaseaba con ser empresario, banal quimera a la que dedicó todos sus esfuerzos.

Todo en un intento por convertirse en una persona civilizada, con reconocimiento, que hablara de la bolsa, del mercado, del petróleo y las figuras de sociedad. Alguien a quien apreciaran y admiraran. El coyote ambicioso nunca se fue.

Pasaron los años y hasta el nombre se cambió, con excusas tontas para sí mismo basadas en sus miedos internos de aceptar su condición. Ahora lo llaman “Francisco”, un nombre que no le genera ninguna cuestión.

Pasó tanto tiempo sin que lo notara, ni siquiera  las arrugas y su espejo le hicieron ver que era sólo un deambulante, un transeúnte por este mundo que no dejaría huella al pasar por oponerse a su realidad.

Pero más animales resultaron ser los civilizados y en una noche de ésas en que vestía de negro caro, pipa y guante ¡indio pata rajada! le gritaron, mientras se hundían en una risa comunal que retumbaba en sus oídos.

Y se dio cuenta que no hay diferencia entre la sierra y la ciudad; el animal grande se come al chico, los depredadores cazan sin piedad a sus presas; esto es también una cadena alimenticia, una lucha de poder entre los grandes que aplastan a los chicos.

Las hembras alimentan a las manadas, los machos pelean entre sí por cuestión de ego y propiedad. Es incluso más violenta la manera en que se tratan las llamadas “personas”. Vio que el hombre también se come al hombre.

Y salió de ahí como bestia ahuyentada, como presa. Se percató del secuestro espiritual en el que estaba sumergido, y sintió coraje otra vez, y sintió como le corría la sangre por las venas, cosas que había olvidado cuando llegó a esa ciudad.

Salió de ahí huyendo, justo como llegó años atrás, se dirigió al monte corriendo, pero ahora como si fuera a cazar…  Corre, se siente animal de nuevo. Corre, mientras su respiración se agita, el sudor escurre y sus pies parecen convertirse en patas, su olfato se agudiza, de su hocico emana saliva caliente y sus ojos comienzan a brillar en la negra noche.

El coyote canta.  Por fin se siente pleno.  Ha llegado a su encuentro con la luna…

 

Michelle  Rangel

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Información

Esta entrada fue publicada en septiembre 17, 2012 por en Artículos, Identidad y etiquetada con .
A %d blogueros les gusta esto: