Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Para todos aquellos que no les gusta el fútbol…

 

Todos pueden llorar por el abandono de un amor, todos pueden llorar por la muerte de alguien querido, es muy fácil llorar de dolor físico, pero, ¿Quién puede llorar de pena o gloria por algo tan intangible como es la pasión al fútbol?

Enaltecer las emociones al borde de la locura tan sólo porque un objeto redondo rebasó una línea de cal es algo que así, como ahora escrito, no tiene ningún sentido, sino que hace falta verlo, sudarlo, gritarlo para poder experimentar esa adrenalina llena de rabonas, taquitos, sombreritos y chilenas.

No concibo mi vida sin fútbol. Tengo un vago recuerdo de una infancia muy temprana, donde este bello deporte apenas y se asomaba entre mis intereses, que en ese entonces estaban dominados por Batman, Mighty Max y las Tortugas Ninja.  De ahí en adelante la pelota y los tachones fueron parte de mi día a día tanto como los regaños de mi madre.

La situación es ésta, seguir a un equipo va más allá de cualquier religión, –Qué me perdonen los ateos- va más lejos de cualquier compromiso, no hay promesa o juramento que perdure más que la verdadera afición que te tatúa los colores de un escudo en el corazón. Cuando te enamoras de una persona, perdura, crece, es bonito, pero al final si no funciona, lo dejas, lo olvidas y cambias de amor. Discúlpenme, pero en el fútbol eso no se puede. Así, tu equipo sea vendido y desaparezca de la faz de la tierra, los gritos, lágrimas, coros, jugadores, momento, en fin todo lo que rodea a ese sentimiento tan puro, se queda permeado en tu personalidad y al momento de querer “amar” a otra escuadra, tu corazón palpita de una manera indiferente, la pasión se convierte en simple gusto

El fútbol es cruel, ver a tu equipo cada semana perder una y otra vez, duele y mucho, ver como jugadores mercenarios llegan a vestir los colores amados de tu camiseta y sólo se pasean por el campo, para que cada quincena cobren millones y millones mientras ensucian el hermoso y legendario escudo que tú defiendes ante todo, eso da rabia, una rabia que te provoca lágrimas de odio, el coraje te hace saltar la venas de la frente, pero, no puedes hacer nada más que esperar que la situación mejore.  Jornada a jornada, prendes la tele o vas a la cancha con la más firme esperanza de que el panorama cambie y cuando el partido termina y el equipo de tu amores se lleva otra derrota a su historial, eso sí es dolor. Un amargo sabor que mezcla la impotencia, la decepción, cólera y sobre todo TRISTEZA, una profunda tristeza que te arruina la semana. Tus amigos se burlan de ti, te embarran la derrota en la nariz, te presumen de sus equipos exitosos… pero eso no es lo que duele, eso sólo lastima el ego, pero, ¿A quién le importa el ego cuando lo que más amas está sumido en el peor momento de su historia? Qué se burlen, griten, bailen o lo que quiera, el dolor no aumentará o disminuirá por esos arrebatos de insensibilidad. Sí, el fútbol es muy cruel, al final la vida misma no es otra cosa que crueldad disfrazada de buenas intenciones.

Pero no todo es tristeza en el mundo del gol y los penales, de hecho, la tristeza sólo es un pasaje necesario para apreciar esos momentos que en verdad son los que transforman al fútbol en lo que es, un modo de vida.

Sentarte ya sea en un estadio o en un sillón, escuchar el silbatazo inicial, apretar tu bandera o el escudo de tu camiseta; sabes que este partido lo decide todo. Final, última jornada, partido por el no descenso, en fin uno de esos juegos que está prohibido perderse.

Empiezan las acciones, tu equipo no lo está haciendo bien, en realidad está siendo ampliamente dominado por el contrario. Las figuras, tus héroes, apagados por un posible pánico escénico, un sentimiento de pesimismo te invade de inmediato, cada poste, cada atajada de tu arquero, es un soplo de vida que sólo hace más tardía la agonía de saber que en algún momento ese balón entrará. Pasan los minutos y no hay respuesta por parte de tus ídolos, de vez en cuando un pelotazo que se pierde en intentos burdos por crear fútbol, pero ahí se queda en un intento sin resultados.

Antes de terminar la primera parte cuando pensaste que habías salvado la tempestad, cae el primero del rival.

Un error en la salida, la zaga pierde el balón y ese delantero contrario que aborreces, al que le deseas el peor de los males, manda la pelota al fondo de las redes y festeja burlonamente alrededor del portero. Sientes que el estadio, o tu casa, se te viene encima, que tu mundo se hace pequeñito y que estás en medio de gigantes que en cualquier momento te van a aplastar. De inmediato el sentimiento se convierte en rabia y comienzas a gritar a los defensas, al árbitro, a todos, con tal de sacar el coraje comprimido que tienes en la garganta. Se acaba el primer tiempo y como todo buen amante, la esperanza y la confianza regresan a ti, aunque la visión a futuro se ve oscura y sin optimismo tu sacas los más bonitos pensamientos de tu mente y confías en que esos 11 hombres hagan el partido de su vida y así, en medio de mentiras que tú mismo te cuentas, comienza el segundo tiempo.

Sin embargo, por más increíble que parezca, todo se revierte: tus 11 guerreros tienen otro brío, tienen la posesión; de repente se acordaron de cómo se juega al fútbol y lo hacen bien, como a ti te gusta.

Llegan una y otra vez, en cada ocasión con más peligro, ahora los postes y las atajadas son del otro lado y en lugar de soplos de vida, se convierten en un especie de impulso que va recargando más y más la emoción para el momento tan es esperado,  ¡Ya cayó el del empate!

Y así al minuto 65’ llega el gol que te levanta del asiento y aturde a todos los presentes, ahora eres feliz, sabes que la inercia del juego llevará a tu equipo a la remontada y que saldrán victoriosos, pero, como antes les dije el fútbol es cruel, a los dos minutos un descuido en la marca deja un hueco en la defensa y ese odioso villano, al cual ya no puedes ni ver. Marca el segundo en tú contra y ahora sí es cuando el dolor más profundo y más intenso, te aplasta el corazón ya ni ganas de gritar te quedan, te hundes en tu asiento sin saber que hacer, ves como pasan los minutos por inercia. Ya no alientas, ya no te enojas. Es como encontrar a tu esposa engañándote por 4ta o 5ta ocasión; la culpa ya no es de ella, es tuya por seguir confiando. Así te sientes, traicionado por el amor a tus colores, pero llega el minuto 90’ y ahí cuando la esperanza está más que muerta, llega un tipo que ni siquiera es figura en tu equipo, es más, pocos minutos tenía en el campo y anota el del empate.  Te levantas, dices gol casi en susurro pero sabes que el empate no sirve de nada. Un triste empate es lo mismo que perder, así que vuelves a sumirte en la depresión.

Ya cuando ni estás pelando, sí, ahí cuando crees que todo termina en un mísero empate, ahí es cuando llega el momento por el que todo vale la pena, entonces sí llegan los héroes; triangulan fuera del área, ceden el balón a tu máximo ídolo, este dentro de la chica, recorta a un defensa más y cruza el balón para vencer al arquero rival…

¿Lo sintieron? ¿Lo han sentido? Díganme si no es esa sensación es lo que hace que el fútbol sea lo que es; te paras, gritas, lloras, abrazas, te callas, te trabas, el momento más feliz de mi insensata vida ha sido después de gritar un gol.

Si nunca en verdad han sentido esto, entonces no me pueden decir que no les gusta el fútbol.

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Esta entrada fue publicada el septiembre 23, 2012 por en León.
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