Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

No es lo que ves, sino cómo lo miras


La ciudadanía es un derecho que se ejerce al decidir sobre la producción, distribución y uso de los bienes financieros, simbólicos, culturales, económicos, entre otros; decisiones que implican cierto grado de apropiación de sentido respecto a tales bienes y la manera en que se consumen, todo ordenado por el contexto público en el que dicho consumo toma forma y significado (Canclini, 1995).

Por contexto público se entiende la circunstancia social, política, económica y cultural, de tal manera que podemos comenzar a distinguir la complejidad que conlleva el ejercicio de este derecho.

La ciudadanía se ejerce desde una esfera de significados respecto de los cuales el individuo toma postura sobre los bienes necesarios para su pleno desarrollo en la sociedad. Los significados fluctúan y modifican a la institución, a su vez,  la institución les otorga validez y los legitima como bienes necesarios, con tal utilidad, con tal finalidad.

La ciudadanía se encuentra mutando porque el papel central de las instituciones que le daban sentido y volumen al concepto se ha deteriorado. El Estado ha perdido el protagonismo total sobre la vida pública y, entre las generaciones más jóvenes, son otras instancias del contexto urbano las que dictan  nuevas formas de relaciones derechos-obligaciones, así como nuevas significaciones respecto a lo que es ser ciudadano, en cuanto a necesidades e intereses. Sobre esto último habrá que mencionar que la ciudadanía es un derecho fundamentalmente comunitario y los intereses y necesidades, si bien se satisfacen en lo individual, resuenan en la comunidad que legitima estos intereses como tales. Estos intereses y necesidades comunitarios que articulan el ejercicio ciudadano son cohesionados por los sentidos de pertenencia y las identidades que determinado grupo o sociedad promuevan.

Parafraseando a Canclini, he aquí una fractura con la idea tradicional de ciudadanía, puesto que las instituciones otrora homogeneizadoras de lo que significaba pertenecer a un grupo, digamos la Nación, han perdido representatividad en el imaginario social y, debido a las recientes prácticas de consumo, ya no es el Estado, ni la Nación, ni la región, ni la ciudad, ni el barrio los únicos factores que determina la pertenencia y la identidad. Predominan ahora el mercado y el consumo.

Los hábitos de consumo otorgan más sentido a las prácticas sociales que las reglas abstractas de la democracia. De esta forma, los gustos crean mayor empatía entre los individuos y las marcas se vinculan afectivamente con sus consumidores, cosa que ya no sucede con igual ímpetu en el nacionalismo o el patriotismo. La marca atiende necesidades específicas del público y mantiene una comunicación mediática constante con los consumidores, relacionándose de manera aparentemente más cercana y comprensible que una nación que no se da abasto en satisfacer las necesidades de todos sus habitantes. La marca satisface porque es el consumidor quien la busca, porque ve en ella justo lo que quiere y necesita. El consumidor tiene el poder de decidir lo que quiere y, mediado todo por el intercambio económico, la relación marca-consumidor resulta, en apariencia, mucho más ágil, directa y eficiente que la relación estado-gobernado. De ahí el desencanto frente a las instituciones, aventuro.

La ilusión de cercanía con las marcas promueve una relación afectiva hacia ésta que podría incluso compararse con una especie de patriotismo. Amor de marca, es el término. El caso de Nickelodeon, con su campaña Nación Nick, es un ejemplo muy atinado del fenómeno. Me permito recomendar el libro “Kids Rule! Nickelodeon and consumer citizenship”, de Sarah Banet-Weiser, a este respecto.

Y continuando: además de la migración conceptual de ciudadanía del contexto político al del consumo, la ciudadanía también se ha fragmentado geográficamente. En la lógica de las marcas, ya ni siquiera la ciudad es un eje constitutivo del término. La ciudad moderna es nodal, la era de la información ha desterritorializado las prácticas urbanas para proyectarlas al ciberespacio y las marcas han rebasado en este punto a la nación y el estado, a la región y la ciudad, las marcas son ubicuas y, sumado a las facilidades de interconexión de las redes sociales, su influencia se ha generalizado. Los grupos de consumo acuñan sentidos de pertenencia mediados por gustos e intereses específicos que conllevan una pesada carga de comunidad y participación en el intercambio de nuevos bienes, ya sea en su adquisición, o sus usos, o su producción; si volvemos al comienzo del artículo, veremos una conexión clara de la definición de ciudadanía, pero ahora abordada desde el consumo y ya no sólo la nación.

Los grupos de consumidores ahora generan contenidos a partir de sus experiencias con las marcas y otros bienes (videos de YouTube, imágenes de internet, los memes, por ejemplo): el prosumidor reinterpreta desde su contexto los discursos diversos que recibe generados en lugares remotos, re-significa los contenidos y crea nuevos. El fenómeno es abrumador, pero muy rico en posibilidades de análisis. La sociedad canaliza un potencial creativo y económico importante en las redes que se han creado globalmente. Fenómenos como la ley SOPA son sólo síntomas de esta nueva forma de generación de contenidos, Estado y Mercado, en este caso referido a los derechos de autor, buscan limitar los hábitos comunicacionales que se han venido generando naturalmente en la sociedad gracias a las facilidades de la red. El problema es grande y complejo, porque no es necesariamente un problema, es quizás que la era de la información se les ha venido encima.

Al  mercado, como al Estado: ni todo el amor, ni todo el poder. Las herramientas que tenemos como sociedad civil para organizarnos actualmente pueden, por fin, balancear la situación en la vida pública y darnos un pleno derecho de expresarnos y por fin, ser realmente ciudadanos.

El consumo, Canclini dice en su libro de 1995, “Ciudadanos y Consumidores”, debe hacernos pensar y reflexionar, es una manera de educar. Educar en la toma de decisiones respecto a las necesidades reales y los deseos, tomando en cuenta las obligaciones que determinada acción pueda generar, además del contexto económico, en su significado más etimológico: la administración del entorno. Consumo responsable, consumo inteligente: tendremos ciudadanos competentes.

 Adrián García

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Esta entrada fue publicada en octubre 3, 2012 por en Artículos, Ciudadanía y etiquetada con .
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