Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Ver… con los ojos de las mariposas

No hay nada en este tiempo que me llame más la atención que la minuciosidad de las cosas, la pequeñez que te asombra, el detalle que no se espera y  que la sonrisa te arrebatan, sin querer, sin pensar.

Y, es que no sé si sea el periodo de cambio que se avecina, y que algunos profesamos y proclamamos con tanta seguridad, lo que me provoca volverme cursi y propenso a ganarme la crítica de los que no creen en lo que por fortuna a mí me ha tocado sentir.

Tampoco es que me sienta el muy salsa, mi propósito no es presumir lo que todos somos capaz de ver, sentir, oler,  vibrar, pero que en la razón me consta no todos lo han desarrollado, es más ni yo, como quisiera poder sentir.

A mí qué más me gustaría que pudiera llegar con quien fuera y poder hablar sin temor al rechazo de mis ideas locas, muchas veces sin sentido, de llegar al paradero de la ruta y poder compartir con el peatón lo preciosas que me parecen las hojas verdes de múltiples formas, que el viento las roza y  mueve al compás del ritmo imperceptible de la música que la naturaleza sí escucha y por eso baila.

Lo que sí me encantaría, y que pienso yo no es mucho pedir es que, algún día, todos en el mundo nos levantemos y no sintamos libres, frescos, capaces de volar sin fronteras, y no hablo de la libertad tradicional en la que pensamos de poder obtener al antojo y de librar a la justicia que incómodamente se ha formado por la permisión del hombre, que sobaja, humilla y atormenta, mucho menos hablo del volar de las aves, que sabemos nos es imposible por nuestro peso anatómico.

Me enfoco a lo que es necesario intentar, para poder percibir ahora, lo que nuestro sistema social, nos ha hecho posar de lado por la preocupación, las prisas, el consumismo y la imposición de dogmas de auto flagelo que dirigen a al individuo a la destrucción.

Con el paso del tiempo, grupos con gran número de integrantes, civilizaciones enteras y muchos seres, que en lo particular se han autodenominado de una nueva generación, refiriéndonos a corrientes del pensamiento e identidad más actuales, han intentado encontrar la fórmula perfecta,  exacta, única, que nos lleve a la felicidad.

Nos hemos dejado conducir por los senderos del abuso del poder, y también nos hemos conformado por frases que tomamos como verdaderas “¿Y qué podemos hacer nosotros, si hay alguien más poderoso?” o “Lo poco que tenemos es lo que merecemos”

No pido que se arme la revolución, que se exija en el grito y el mal gesto, ni que se hagan marchas de ningún tipo, ni mucho menos involucrarnos con procesos que por sabios designios de la naturaleza no fuimos dotados los seres humanos.

Yo propongo una “Metamorfosis”. Muchos se preguntarán “¿Por qué madre propones esto?”, y yo respondo enseguida, y es que una de las razones es que amo las mariposas y son de los pocos bichos que pasan de lo repugnante a la sublime belleza, sin dejar de lado su esencia primigenia.

Así veo yo mi entorno, muy probablemente en otra parte del mundo existe alguien como yo que también ve así su alrededor, que también tiene esa necesidad de descubrir la forma de hacer conscientes a sus conciudadanos de que se poseen las alas, enormes, brillantes, coloridas, sensibles.

No me dejan de dar vuelta las ideas en la cabeza, esos comentarios repugnantes sobre lo que nos destaca y que muy osadamente me atrevo a dar analogía con el cuerpecillo indefenso de la oruga. Cuando esporádicamente se hace presente la muy inesperada metamorfosis en algún pedacito de mi ciudad y se vuelcan en comentarios buenos, elogios, piropos para bien de los mexicanos.

Aquí es en donde entra la cuestión, ¿Qué pasaría si cada uno de los millones de habitantes del planeta se acostumbrara a recibir el buen sentimiento que provoca el elogio? Y a partir de eso dejar las alas extendidas a perpetuidad.

Firme estoy en mi idea de que seríamos no sólo la mejor ciudad con sus mejores habitantes, seríamos todo el mundo la gran ciudad, en donde sólo bastase extender la envergadura y tocar las alas de mi amiga mariposa y volar juntos, en donde el cielo aparte del iridiscente con maravilloso azul, sus motas de nubes algodonosas podríamos ver toda clase de colores y que con su combinación podríamos decorar el arcoíris, ver paisajes frondosos, tridimensionales, con muchas flores, podríamos también ver  rinocerontes morados con rosa o tigres feroces enternecidos con la presencia de estos seres que no dañan o matan por su piel o por el marfil del elefante.

Podríamos sentir con el cuerpo, le daríamos sentido a cada parte, podríamos percibir el correr de la sangre por las venas, apreciaríamos el viento que nos da las señales de alarma de la naturaleza, encontraríamos el amor por las plantas y los árboles que refugio dan a muchas especies y aire puro, aprenderíamos a maravillar a los demás con la sencilla razón de existir, conoceríamos la sutileza de nuestros pasos y la firme convicción de nuestras alas al volar, encontraríamos el sustento en cualquier parte sin tener que arrebatarlo a mi compañera mariposa. No existiría la etiqueta de decir ese hombre que se viste de colores ni de es esa mujer sin forma porque ya todos somos bellos y de colores.

Yo los invito a hacer esa metamorfosis colectiva, a sentirnos mariposas con alas enormes y que aprendamos a conocer nuestro cuerpo, que experimentemos sensaciones que estamos limitados a no sentir, que exploremos la piel, que la retemos a ponerse erizada con esos detalles que nos parecen ridículos pero que en el fondo nos hacen hervir el alma de regocijo por descubrir su existencia, los invito a crecer como personas y a valorar lo que tenemos y a que lo divulguen entre nuestros compañeros de vida para dejar la piel de la oruga, que entre sus células se encuentra el ADN de la delincuencia y el nepotismo. Para dejar que nuestras alas se conviertan en ojos, y entonces…Ver, con los ojos de las Mariposas.

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Esta entrada fue publicada en octubre 22, 2012 por en Artículos, Ciudadanía y etiquetada con .
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