Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Para nosotros

Lo que yo siento que está pasando son dos cosas:

A)     Cuando abro distraídamente un libro, una revista, un periódico, una página de internet o cualquier otro dispositivo de lectura y mi vista se atora en palabras importantes como ‘política’, ‘sociedad’, ‘tal autor (tal año)’, ‘socialmente’, ‘culturalmente’, ‘minimalismo’ y un muy largo etcétera de idioteces en la misma línea, lo primero que hago es correr despavorido en dirección opuesta. [Debo aclarar antes de seguir que esto ocurre específicamente conmigo y con ciertos textos en particular, sobre todo cuando la edad y la (falta de) experiencia del autor son evidentes. Para nada estoy insinuando que haya algo de malo en tan hermosas fórmulas].

B)      Lo segundo es que estos tiempos son un desastre completo. No hay quién nos aguante: todos somos un encanto sin par, cubrimos satisfactoriamente el mundo de la ciencia, somos ejemplares cuasi extintos de una gloriosa estirpe menguante, alternativos e irrepetibles hasta la médula como nadie en la vida, baluartes singulares de heterogeneidad, críticos de sabrá dios qué, plurales y no sé qué tanto más. Y lo peor de todo, no sabemos cocinar.

Esta incompetencia tiene un origen muy claro: por décadas hemos pugnado fervientemente por ser intelectuales, artistas, estetas, críticos… ¿Quién nos dijo que teníamos que cubrir esas posiciones? ¿En dónde nos mintieron tanto como para creer que hacía falta que ocupáramos frígidamente esas figuras? ¿Quién osó darnos cuerda como para que creyéramos tener madera para ello? No se necesita de nosotros en esos ámbitos. El mundo ya tiene sus necesidades muy bien ocupadas y mantenidas. Y menos se necesita de nosotros si vamos a ser unos inútiles en nuestras casas y en la vida. Estamos contaminadísimos, se nos ve por la boca cada que la abrimos ese hueco que se abisma y topa en recintos musgosos donde poco o nada se sabe de la luz solar. Se nos olvida que el conocimiento, todo el conocimiento, pierde su sentido si no encuentra raíz en la experiencia. Y de dónde vamos a agarrar enraizamientos en la experiencia si no hacemos nada más que nada.

Si yo me estuviera leyendo no me quedaría en este sitio un segundo más, porque qué tipo tan pesado, qué se siente sermoneándonos si tiene nuestra edad. Pues bueno, para que me aguanten unas líneas más me voy a poner de ejemplo:

1) Paso más de la mitad del día frente a una pantalla, absolutamente enredado en la red, ahogándome hasta el cogote de la red, una red cabe anotar, medio metafísica porque ni yo veo a nadie ni nadie me ve a mí; 2) dedico un tiempo ridículamente exhaustivo a elaborar los textos que pongo en los blogs que atiendo [muy prolijamente por cierto, como si de ello dependiera mi vida o la conservación de la especie]; 3) salto de una página web a otra sin detenerme realmente a leer nada de nada, sólo pensando esto me sirve, esto también, a favoritos, a favoritos todo. Ya habrá tiempo de volver. Pero no vuelvo nunca; 4) me rijo por una lógica deplorable de aumentar en lo posible el flujo de datos en todos los sentidos y a como dé lugar, necesito imbuirme en la moda del sobre estímulo, chateando aquí, bajando música y películas allá, subiendo cosas, generando vínculos por todas partes; y 5) ―lo más lamentable, además―, todo esto lo hago pensando principalmente en mí, es decir, en que tengo que estar en medio de un circuito de opiniones, tengo que ser el número uno, tengo que saber más que los demás, conocer más que nadie, abarcarlo todo y hacia todos lados.

Ahora bien, no me negarán que está muy claro que no puede vivirse así. Que como dicen por ahí, el que mucho abarca poco aprieta. La red es milagrosa, es muy bella, es democrática, sí. Pero también nulifica tu vida y tu sustancia si te abandonas a ella. Y en este momento siento que lo más honesto que puedo hacer es aceptar mi propia nada en el torrente digital y obligarme a dar un respiro de aire de verdad, y si me puedo traer a dos que tres pues qué mejor. No me asustan los filosofitos que me van a acechar. No temo admitir que quizá yo mismo sea un filosofito. Lo que sí me cala muy hondo y se los juro con mi vida, es que seamos tan inútiles. Y no quiero empezar aquí un esbozo de argumentos misantrópicos, que de cualquier forma ya abundan y vaya que los conocemos. Lo que quiero establecer aquí es una especie de grito último de socorro, de sacar la mano por encima del agua antes de que se me llene de cloro el estómago. Porque estamos muy jóvenes, no tenemos ningún derecho a amargarnos, a caminar senderos gastados de personalidades que nada tuvieron que ver con nuestro tiempo y circunstancias. Como quién quieres ser tú. ¿Como Kerouac? ¿Como Dylan? Falso profeta de tiempos que no te corresponden. ¿Cuál es hoy nuestro tiempo? ¿Qué voluntad conduce nuestros destinos y qué responsabilidad nos reclama? No sigas las huellas de los antiguos, diría Basho, busca lo que ellos buscaron. Y lo cierto es que tengo miedo de verlos a ustedes, amigos, familiares, morirse de hambre persiguiendo sueños absurdos y anacrónicos; tengo miedo de decírselos a la cara, de pedirles de favor que no escojan el polvo, que no abracen la muerte. Y duele estarme sacudiendo la corrección, de verdad que sí. Pero esto no es una arenga a que traicionen sus principios, tampoco a que abandonen su postura ética ni lo que sea que consideren valioso. Yo estoy con ustedes, y como ustedes confío en la emancipación de mi vida por el conocimiento y la belleza. Pero no puedo olvidarme de vivir mientras llevo a cabo esa búsqueda. No puedo confiarme a una montaña de libros de ensayos que fingiré entender cuando no cargo con el bastimento teórico para aceptar ese dolor todavía. No he vivido, no he experimentado.

Ahora, sé que puede pensarse: no, Rodolfo, no me identifico para nada con tu texto; o bien: yo no soy así, me largo. De acuerdo, sé que probablemente no seamos así, sé que estoy exagerando. Pero hay una línea esquemática y podrida de estupidez recurrente altamente socorrida y, sobre todo, descaradamente evidente que tarde o temprano alguien, tú, yo, ellos, teníamos que enunciar o habría empezado a sentir puro juego todo esto de escribir sobre ciudadanía. Pero no es un juicio. Es un grito al aire. Es un intento por dejar de mentir. Claro que resulta más fácil fingir, pensar que somos nobles y filantrópicos y humildes y serenos, etc. Pero para qué queremos otro texto de esos.

Voy a ceder un poco ante mis afirmaciones iniciales: sí veo un problema en meter gratuitamente palabras como política y sociedad al grueso de los textos que las contienen, de muchas otras palabras lo siento [ciudadanía…] una pesadez del demonio acercarse a un texto con esa pinta. Pero esto resulta así porque somos de mentiritas. Nuestras palabras son de cartón y se agotan pasado el umbral de la pura impresión. A quién diantre le importa si yo pongo o no pongo que Hurtado (2012) ha dicho lo mismo que digo yo aquí. Que se entienda lo que enuncio: no estoy aquí para instigar a una censura idiota de la palabra ni de los conceptos que acorralan nuestra muy maltrecha cultura, no me opongo a la evolución natural del conocimiento ni al valor de la cita. Yo soy el primero en apoyarme en ustedes y en lo que han dicho, quizá ustedes lo harán algún día en mí. Y benditas sean las ciencias y las artes, que están ahí como arnés de seguridad para los muchos tropiezos que la existencia nos va a meter en nuestra ingenuidad.

Pero ciencia y arte encarnan el saber de toda una raza y toda una historia, y quién sabe por qué esquivo propósito nosotros nos las queremos engullir a puños.

Pues déjenme decir esto que siento tan claro: que nada de lo que hagamos o digamos sirve de nada si antes no lo parimos: tiene que haber dolor en cada idea que defendamos, tenemos que conocer el sufrimiento de dar a luz una obra o un discurso, de responder por ellos, de escribir con nuestra sangre cada enunciado y no nada más soltarlos al aire que al cabo nadie dice nada. No: cada impulso de nuestra mente debe estar puesto en una sola intención, y no desparramado en pretensiones ajenas. ¿Y tú qué eres? Fotógrafo, artista, músico… qué vacío, qué fragilidad la nuestra.

Todo esto lo digo porque sabía que tenía que hablar de ciudadanía, porque sabía que el tema es un nudo de ira en mi cerebro y una de las palabras bonitas que salen a cada tanto en los pastiches de texto que de cualquier modo ya abundan por ahí. Lo digo también porque es difícil vivir en la generación que nos tocó; sin querer agarrar un pedestal [así fuera para ponérmelo en la cabeza], les digo que en estas oleadas de conciencia, como a ustedes les llegarán también, a veces veo muy clara la esterilidad que empapa nuestras actividades. La frialdad maquinal que recorta nuestras voces. Me siento tan absolutamente anquilosado en la marea alta de la masificación mediática, tan desperdigado entre la gente que opina sólo porque puede y porque Internet, debajo del reflejo claro de virtudes que supone cobija un nido de zumbidos asquerosos. Me siento desapareciendo, negado a hablar, negado a incorporarme a la renuncia voluntaria de la intimidad, del decoro, de la prudencia. Hoy veo a nuestra generación abocada a una serie de pautas ridículas y altamente idealizadas: el ideal del artista, el del filósofo, el del intelectual. Pero es un papel que jugamos escandalosamente, no se trata ya de la satisfacción de un hambre en el alma. ¿Y cómo lo sé? Pues bien fácil: cuando me entero de todo lo que todos nosotros hacemos en todo momento, todo es importante, cada uno de nosotros aspira a la eternidad, a la trascendencia romántica de un vulgar bohemio decimonónico. No hay poesía en la miseria, eso es lo que creo, no hay nada glorioso en morir empapado de lo más sucio y vil del escalafón. Sobre todo: no es necesario sacrificar tu dignidad para entregarte a un ideal falaz.

Para volver a confiar en los términos que he deplorado, en estas palabras viejas que discursivamente aparecen necesarias, (de acuerdo: cultura, sociedad, política, ciudadanía), tenemos que parir esas palabras, todas las palabras. Y sólo entonces nuestros textos van a ser nuestros y nuestra vida va a estar puesta en cada letra. Y sólo entonces no van a ser pedacitos aburridos de poco menos que nada, senderos obtusos hacia el despeñadero.

¿Quién es el ciudadano ―quién es el maquinista, el poeta, el carpintero― a fin de cuentas? Todos ellos, cada molde en su propuesta es un encallamiento posible de la individualidad. En eso reposa la idea de este texto, y en eso topan también mis miedos, en que somos todos tan endemoniadamente genuinos que nos estamos convirtiendo en eso: en la masa homogénea y plana de todos los que somos únicos y genuinos. Quién lo iba a decir.

Ya no importa si tú escribes, si ella compone piezas de piano, sí aquellos hacen fotografía, si nosotros estamos al tanto de lo último de la moda; perdimos. Perdimos porque somos igualitos uno al otro en nuestras pretensiones, en nuestros deseos de triunfo, en nuestra egolatría. Absolutamente indistinguibles uno del otro. Y lo doloroso viene siendo que el ciudadano tendría que ser el individuo consciente, llegado a tal estadio por la noción clara y contrastada de su existencia en la vida y su aceptación como elemento modular de un entramado mayor que lo abarca y lo implica ―sin que esto quiera parecerse a la comprensión orgánica de los sistemas―; Es quien comprende sus aptitudes psíquicas, plásticas e intelectivas y el papel que ellas juegan en el entorno y su tránsito.

Ahora me explico: la persona que tiene abollada la mente y las ideas es la que no ha entendido su ciudadanía. Al no ver más allá de su propia pulsión insaciable de individualidad se vuelve uno más de todos los que quieren lo mismo. Está en manos del poder y hace lo que éste quiere.

No me gusta mucho la imagen de que comportemos un engranaje; mucho menos me gusta lo funcionalista, que los sistemas avancen cuando encajamos en nuestro único lugar posible. No, yo no creo en eso. Me gusta más pensar en que los sistemas sociales sean algo sutil y vibrante. Que cada voz encuentra su resonancia en el ámbito para el que fue hecha. Que no tiene punto pelearse por los derechos del sindicato de transportistas y salir a bloquear calles si en el fondo no nos compete y no tenemos ni la información ni las herramientas para hacer virar ese asunto en particular.

Y no por ello la acción personal es inútil. Creo que toda voz, toda la fuerza personal, debería estar puesta en la zona en la que mejor hacemos las cosas. Si eres artesano, te toca luchar por que las condiciones para los artesanos sean las mejores que se hayan visto. Ahí sí te pueden escuchar. Lo mismo siendo piloto, mariachi, gastrónomo, deportista.

En fin.

Contrario a todo lo que estoy aquí postulando, me voy a animar a invitar a alguien a la plática porque a veces —sólo a veces— leer es dar a luz junto con el autor.

“…Conviene, en todo caso, estudiar filosofía después de los cincuenta. (…) Antes debemos aprender a cocinar un caldo y a freír, no digo ya a pescar, hacer un café como es debido. De lo contrario, las leyes éticas huelen a cinturón paterno o bien a traducción del alemán. Hay que aprender primero a perder las cosas, más que a adquirirlas…”

Esto lo decía Joseph Brodsky en la Sorbona. No me jacto de meterlo al texto, pero luego las cosas suelen resultar así, las invitaciones, las sobremesas, los contactos humanos más bellos, las amistades y los amores, todo lo genuino crece dentro del alma como un globo, inflado con toda calma por el devenir del instante sin haberlo buscado en absoluto. Y debería ser así siempre: natural, sin esfuerzos, nunca sacado a la fuerza con pinzas desde tanta tumba.

En esta ocasión he sentido esa uña fría rascándome la nuca cuando me secretearon al oído que había que decir algo y pronto. Lo que para mí ha significado ser un ciudadano, (porque lo que ha significado para Wikipedia y para la RAE ya me lo sé y como que no me convence), es tener, ya no digo el cuerpo, pero sí mínimo la mente y la sensibilidad en el presente y una consciencia nítida de nuestro propio, digamos, horizonte de eventos, sin que esto signifique necesariamente pensar pegado al tiempo.

Texto: Rodolfo Hurtado

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4 comentarios el “Para nosotros

  1. kaarloxandross
    octubre 30, 2012

    Creo que si pudiera resumir todo el artículo en la línea de una canción sería:
    I’m feeling bloodless but inspired.
    No crees? no diré más, creo que es la clave de ese sentimiento… bueno.. how would I know?

  2. Juan Ramón
    noviembre 5, 2012

    Muy bien dicho.

    Atte: Juan Ramón.

  3. Rodolfo Hurtado
    noviembre 12, 2012

    Gracias, Poli, Compañero.
    Y sí, Poli, bloodless but inspired.

  4. Pingback: Poder líquido « Disonancia

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Esta entrada fue publicada en octubre 28, 2012 por en Artículos, Ciudadanía y etiquetada con , , , , , , , .
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