Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Revolución con dibujos

Recuerdo mi estupor cuando un profesor de matemáticas en la secundaria nos informó que “revolución” no sólo se refería a señores vestidos de manta, con sombreros, fusiles y bigotes fantásticos, sino también tenía que ver con “giro”, “vuelta”.  Se dice que un objeto “revoluciona” cuando gira sobre su propio eje. Esto da lugar, en el plano abstracto, a la creación de figuras geométricas diferentes a las originales, pero que comparten con ellas la esencia de sus formas. Un triángulo revolucionado se llama “cono”; un rectángulo, “cilindro”, etc.  Creo que esta acepción de revolución clarifica las que aplicamos en otros ámbitos. Se trata de revolver, dar la vuelta (a la hoja, si se quiere). Quizá los triángulos que ahora son conos sintieron la necesidad de ser algo distinto y se pusieron a jugar a las borranchinas, aunque detrás del vértigo siguen lamentándose el no haberse quedado a ver la tele en casa.

El ingrediente principal para una revolución de cualquier tipo es el tiempo. Nada se transforma si no es bajo su premisa. Esta es una verdad tan evidente (axiomática, para seguir molestando a Euclides) que requiere algo de esfuerzo despojarse de su inmediatez para dar con ella. El acto de tomar consciencia de esa temporalidad es el otro requerimiento elemental para fermentar las revoluciones. La consciencia de nuestra fugacidad ha sido algo en lo que todos los seres humanos hemos invertido grandes dosis de energía desde que empezamos a distinguirnos como especie. El tránsito desde la inercia hasta el ejercicio de la voluntad puede surgir de cualquier parte. No hace falta ser un vidente, un místico o un monje de rectísimos actos para llevar a cabo estas canalizaciones de cambio.

Pero no basta; son los ingredientes básicos solamente. Hay otros para sazonar al gusto, varían los pasos y los tiempos. Incluso hay que ser precisos en definir cómo es un pastel de revolución acabado (para que no se confunda con otra cosa) y, muy especialmente, en cuáles son las precauciones a tomar para que no se eche a perder y en vez de ser un suculento manjar tienda más bien a ser un veneno.

Volviendo a la geometría. Se entiende que para que un objeto bidimensional complete su metamorfosis revolucionaria no basta con dar una vuelta y listo, como los que creen que basta con… lo que sea. Nada basta. Los imperativos revolucionarios son permanentes, no hay intermitencias. Si ya se empezó a girar hay que volver a hacerlo, de nuevo y otra vez: como se adelantan los pies al caminar. Trotsky habló de “revolución permanente” y, despojándonos de ideología, eso es lo que yo sigo entendiendo por “revolución”: un modo constante de estar en el mundo.

Texto: Juan Ramón  Velázquez Mora

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Esta entrada fue publicada en noviembre 14, 2012 por en Artículos, Revolución y etiquetada con , , , , , , , , , , .
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