Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Cutículas perfectas

Onicofagia: Patología de carácter psicológico o manía nerviosa de comerse las uñas o bien, molesta costumbre sumamente complicada de evitar que desde muy pequeño tengo; las principales causas: ansiedad y estrés provocado por un sin fin de banalidades, desde el trabajo hasta el salario recibido por el mismo.

Pero qué pasaría si repentinamente la rutina cambiara drásticamente, si después de un viernes cualquiera en la oficina, la siguiente semana comenzara en Roma, con un nuevo ambiente, nueva cultura, nuevas relaciones, un trabajo voluntario y cero pesos de recompensa.

No fue exactamente la capital italiana, sino un pequeño pueblo situado a 40 minutos de distancia donde comenzó mi aventura, en una granja orgánica desempeñando una labor en la que el título de licenciado tuvo casi tanta utilidad como mi ombligo; mera estética y recuerdo de una etapa en mi vida en la que aún no entiendo muy bien qué pasó.

Ahí la única preocupación era no perder las aceitunas al momento de recolectarlas y procurar no caerse de las escaleras, oficialmente había pasado de ser un periodista deportivo a formar parte de la producción de uno de los mejores aceites de oliva del mundo. Aún no puedo decidir qué tiene más relevancia, o quizás sí puedo pero no quiero.

Tras un par de semanas de tranquilidad en la montaña, respirando aire puro, con una vista impresionante y a pesar del exhaustivo esfuerzo físico, algo había cambiado en mí, mis uñas estaban mejorando, la onicofagia desaparecía poco a poco.

Días después era tiempo de emprender camino en otra etapa del viaje, abandonar la seguridad de un techo fijo y la certidumbre de gozar tres comidas al día; todo con el afán de descubrir una minúscula parte del planeta: el continente europeo.

No se trata de hablar sobre los monumentos turísticos, se podría hacer un tour idéntico vía Google Maps y sentirse al lado del Coliseo Romano o la Torre Eiffel desde la comodidad del hogar sin pagar un costoso vuelo. Lo que no hay forma de replicar es la riqueza de conocer personas con distintas ideologías, el crecimiento que da la incertidumbre de no saber dónde dormirás y las sensaciones que producen determinados lugares con una historia que pide a gritos reordenar las prioridades de la humanidad.

Presencié las ruinas de teatros donde entre risas y vino se celebraba la muerte de miles de inocentes, observé la plaza donde se fraguó el sistema fascista, vi las celdas de Dachau donde millones de personas intentaron sin éxito escapar de la irracionalidad Nazi, me paré frente a un muro que separó cientos de familias durante casi 30 años y admiré la majestuosidad del arco por donde el ejército francés caminaba triunfal tras asesinar a los soldados rivales.

Las ansias parecen ganarme y llevo mi dedo a la boca -tranquilo- me digo a mí mismo -eso es cosa del pasado, todo es diferente ahora- recapacito, la calma vuelve a mi sistema nervioso y alejo la mano de mis dientes evitando cualquier daño, pero me queda una duda ¿De verdad todo es diferente ahora?

Veo luz al descubrir que también se han creado plazas con el exclusivo fin de que la gente conviva y comparta su talento artístico, que un ruso ayudó a Italia para construir la mayor atracción en Florencia, que los franceses celebraron la independencia estadounidense al obsequiarles una de las estatuas más reconocidas mundialmente, que en Alemania hay memoriales por doquier para de alguna forma reconocer a quienes perdieron la vida en los campos de concentración y que a pesar de las diferencias se mantiene una Unión Europea. Después regreso al presente y resulta que mi más grande angustia en este momento es decidir si mi siguiente parada será Zurich o Venecia, ¡No puedo pedir más!

Consciente soy que mi realidad actual es prácticamente imposible de mantener durante un largo período, sin embargo el reto es quedarse con una misma actitud a donde sea que te lleven los pies, porque si de algo no tengo duda es que la gente siempre es y será más importante que el lugar.

Y al final es irónico que cuando el cubrir tus necesidades básicas se convierte en tu más grande preocupación, la vida se vuelve más sencilla; es entonces cuando me pregunto si de verdad es tan relevante el ruido mental que nos agobia diariamente, que nos incita a tener pensamientos más “sofisticados”. Aún falta mucho por recorrer, pero a estas alturas aún sin saber si habrá lo suficiente de cenar, mis uñas gozan de cutículas perfectas.

Texto: Alberto G. Güitrón

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