Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Cortázar y los puentes

“Es bueno que se quede allá (…)  Cuando enmudezcan todas las voces, habrá todavía una, salvada por la distancia, que señale y condene,  que denuncie y ayude, que movilice y congregue”

Haroldo Conti, sobre Julio Cortázar

 

Ha construido puentes por un ansia simbólica del viaje y la transición. Es el movimiento, el paso de la potencia al acto, a lo real, a lo tangible, lo que da cuenta de que uno está aquí y no en otro lado, de que uno es uno y no alguien más. El puente es un tránsito hacia un yo que se diluye en una bruma incierta, a un yo igualmente vago pero sin duda mejor pensado y más completo: a un yo ideal.

Cortázar estaba al tanto de los avances en física en su tiempo, este tránsito entre estados inciertos cumple una elocuente paráfrasis de dos conceptos científicos: la entropía y la incertidumbre.

La entropía es un fenómeno ligado con la Segunda Ley de la Termodinámica que implica que los sistemas en el tiempo sólo pueden desordenarse y esto sólo aumentará. Es decir, que todo sólo puede irse a la mierda. Un ejemplo: de dos células estables se forma una que tarde o temprano da un ser vivo, éste nace, crece, envejece, se deteriora y luego se muere, la pinche vida. Pero los sistemas permutan, la energía no se crea ni se destruye (todos saben el resto). Así es como el cosmos nos parece muy bonito: estadísticamente el desorden es más evidente en nuestra escala que en los grandes sistemas y por eso la vida de los personajes de Cortázar, o la nuestra, quizás puedan parecernos un cagadero.

Pero cuando todo está para arrojarlo a la basura Julio nos pone un puente. El puente representa la permutación, el cambio de estado, la energía que se transforma. Del otro lado sabrá el diablo qué hay. Pero podría ser mejor (o peor, pero es más poético pensar lo opuesto). Esto es lo que Heisenberg llamó  incertidumbre. Una característica intrínseca de la naturaleza que impide conocer la totalidad de un sistema en un tiempo definido. El caso entonces es que lo único que tenemos es un cúmulo de probabilidades donde todo es posible, todo, hasta que alguien mire. El acto de observar es suficiente para que algo llamado la función de onda, esto es, la probabilidad, colapse y podamos obtener mediciones precisas, algo que en cristiano le dicen realidad.

Cortázar traza la figura ya no sólo del puente sino del tránsito en innumerables piezas de su obra: Lejana, El Otro Cielo, Rayuela, No se Culpe a Nadie; y la varía en situaciones fantásticas que van desde viajes espaciotemporales hasta la introspección más cruda y amarga. Basando las florituras de su narrativa en estos dos conceptos: el caos-presente y lo posible-futuro.

El mismo Julio se vio envuelto en viajes desde niño, nacido en Bélgica en tiempos de guerra, pasó tiempo en Suiza y luego en España antes de llegar a su Argentina. Cuatro países, dos continentes y otros tantos idiomas conoció el pequeño antes de cumplir los cuatro, el exilio y desarraigo le vinieron de genética.

Son fuertes las transformaciones de sus héroes porque son íntimas y reveladoras, duelen y son reales porque nos suceden siempre. Es así: nos unen los mismos dolores, los fundamentales. De ahí Cortázar abstrae lo sublime, de lo humano, como tendría que ser siempre.

Puentes, París, naturalmente

Puentes, París, naturalmente

El puente une dos extremos, los concilia, es su función. Quien lo cruza se transforma. Oliveira en Rayuela, no busca una transformación real, siempre está en la rivera sur del Sena, ahí transcurre lo que le queda de vida como la conoce, pasea en los puentes, específicamente en el Pont des Arts, el puente de la Maga. Pero no lo cruza, queda latente la mutación y el encuentro. Lo que cruza finalmente es todo un mar, de costa a costa, para darse cuenta que realmente la ama pero la distancia, en fin, una lata. Y en Buenos Aires hay más puentes y portales.

El Otro Cielo es elocuente. Aquí la figura del puente es realmente un portal, es una galería techada que de un momento a otro nos trasporta de Buenos Aires a París, nos cambia el cielo por las ansias de un rencuentro.

Y es así que la imagen que une se convierte en fundamento en la narrativa de Cortázar. Incierto y caótico, sí, pero indisolublemente unido, así es el mundo de Cortázar donde un libro ha de terminar pareciéndonos muy real, si no vale una mierda. El puente último es la meta-narrativa. Eso que no se sabe bien dónde es que empieza y dónde es que termina. Construir-mundos-y-realidades.

En El héroe de las mil caras, Joseph Campbell analiza y estructura las historias míticas en cuanto a un viaje para auto descubrirse. Así, desde Buda hasta Jesús y del Quijote a Harry Potter, tenemos una sucesión de fenómenos físicos, mentales o espirituales que probarán la entereza del protagonista. Momentos imprescindibles del viaje del héroe son el cruce del umbral y el regreso a la Madre: el portal, el túnel, la caverna, el puente. Arraigado muy profundo en el espíritu, los humanos hemos hecho de estas imágenes poderosas fuentes de significado que, por algún estado universal, prístino y simbólico, son fundamentales en toda construcción mítica-religiosa y ficticia, así como temporal y cultural. Son la manera en la que construimos el mundo desde los símbolos, es por eso que las historias nos conmueven: porque nos hablan desde la intimidad, desde el espíritu.

Y bueno, tanta pendejada no será útil si no lo aplicamos: los puentes nos dan perspectiva. Por eso abrí con la cita de Harlodo, Cortázar tuvo mucho tiempo para pensarse desde afuera como lo que era dentro, alguna vez dijo que descubrió su esencia latinoamericana desde el extranjero y pudo ver, como ya cité, que a todos nos unen los mismos dolores. Él hablaba en esta frase del estigma latinoamericano de la pobreza y la dependencia económica. Pero siendo Julito, me cuesta creer que no haya un trasfondo más filosófico en su frase. Estoy casi seguro que lo hubo, y hay una triste psiquis de inferioridad que pulula entre nosotros. Gran amigo de Cortázar, Octavio Paz lo notó y lo inmortalizó en su Laberinto: la chingada y la nada. Son nuestros fantasmas y hay que aprenderles las mañas.

Y por último a lo siniestro.

Todo mundo ha oído hablar de que la cuenta larga de los mayas y así. ¿Pero qué es la cuenta larga? Es el ciclo más grande de su sistema calendárico no repetitivo (como el nuestro) y para empezar, no es exclusivo de los mayas. Otra cosa es que nadie ha descubierto nunca que algún códice de esta cultura mencione algo sobre el fin de los tiempos. Es una constante patológica nuestra, heredera de esta pinche linealidad impuesta por la religión en occidente la que nos hace creer que todo se termina y ya. Como tantas otras culturas en íntima relación con la naturaleza (a diferencia de nosotros), los mayas creían en los ciclos. Bachelard diría que el tiempo no corre, brota. Así que el fin será el inicio de otro instante. No sólo en la fenomenología encontramos este giro en la percepción del tiempo: Martin Bojowald, una de las más grandes promesas de la física contemporánea y teorizador de la Gravitación Cuántica de Bucles (una chingonería), ha concebido el tiempo de la misma forma: atómica. No es un flujo sino una serie ritmada. Música. ¡Puta, qué belleza!

No niego que algo pasa. Las coincidencias (o sincronicidades, para la poesía) que han estado ocurriendo son delicadas. El sol está en el máximo de actividad en su ciclo de 11 años, esto implica perturbaciones en la magnetósfera de la Tierra que de un momento a otro podrían afectar nuestra cómoda forma de vida alterando el tendido eléctrico mundial y las telecomunicaciones por un gran periodo de tiempo, años incluso. Otra cosa es que la magnetósfera ya mencionada se debilita (natural, es cíclico) y estamos por presenciar una inversión en la polaridad, esto nos dejará indefensos contra la radiación y muchos morirán. Pero bueno, el tiempo geológico es paciente, bien puede ocurrir mañana o en algunos siglos, pero ocurre.

Pero estas son mamadas comparado con la necesaria transición espiritual que el mundo requiere. Morir no es ninguna sorpresa, mucho menos nuestra impotencia contra las fuerzas celestes. Hará unas semanas que escuché al maestro Edgar Morin en conferencia, otro constructor de puentes.

El puente de Morin se llama Pensamiento Complejo, y consiste en concebir la realidad como una urdimbre y no analíticamente. La multidisciplinariedad es vital para esto, sólo la complejidad civilizará el conocimiento encaminándolo a un real humanismo que vele por el bienestar de este mundo, con una visión cabal de las sutiles relaciones del Todo, y para que esto se dé el mensaje fue claro: el egoísmo no es la vía, habrá que pensarnos en comunidad, tendernos puentes. Mucho del desencanto en esta vida es fruto de la insensibilidad que marchita todo vínculo con lo Otro, ahí es donde tenemos que empezar, en cambiar un limitado yo por un vasto nosotros.

Texto y fotografía: Adrián García

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