Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

La especie que vivió

Han sido veinticuatro las fechas propuestas para el fin del mundo desde que el hombre que fundó el cristianismo dijo que el Reino de los Cielos estaba cerca. Veinticuatro fines del mundo se dicen fácil pero lo cierto es que somos unas proezas de la supervivencia.  O tal vez no.

No sé qué pasa con occidente pero tenemos un gusto terrible por la muerte. Nuestra visión del tiempo es lineal y, por si eso no fuera suficientemente triste, en muchas ocasiones es determinista. Es decir que todo ya está escrito y si yo, Adrián, quise algún día en mi infancia ser arqueólogo, no lo fui no porque haya cambiado de opinión sino porque algo o alguien dijo desde mucho antes que no, que me tenía que morir de hambre de otra forma y que debía ser comunicólogo.

Yo creo firmemente que uno elige libremente la forma en que mejor le parece morir de hambre. Para esto se requiere de una visión un tanto más torcida del tiempo. Torcida, en este caso, se ha de tomar de forma literal.

El tiempo es un misterio arraigado en lo más profundo de los pilares de la ciencia, nadie sabe qué chingados es. Lo medimos, sí, pero nuestra comprensión sobre él no va mucho más allá.

Hasta no hace mucho (casi un siglo, en 2015 se cumplirá), Einstein cambió radicalmente la forma de ver el tiempo: está indisolublemente unido al espacio y por lo tanto se puede transitar libremente en él. Claro que la práctica es mucho más quisquillosa y comprobarlo estará muy cabrón pero las cosas funcionan así: hay mucho más de lo que vemos.

Esto no es metafísica (aunque se parezca), es física. Son las dimensiones o grados de libertad. De hecho, este nombre alternativo puede resultar mucho más elocuente a la hora de explicar estos conceptos abstractos.

Se les llama grados de libertad por que son las posibles direcciones en las que un sujeto puede moverse a través del espacio-tiempo.  Nosotros podemos movernos de arriba a abajo, de izquierda a derecha y de adelante a atrás. Son eso que en la escuela nos enseñaron como “ejes”.

Pero hay más movimientos posibles para nosotros, hacia adelante en el tiempo ¿Nada más? Por mucho tiempo se creyó que sí pero la matemática de la física contemporánea propone más grados de libertad accesibles a nuestro entorno.

El primer punto de diferencia es que, volviendo a Einstein, el espacio-tiempo es curvo. Todo cuerpo en el Universo busca moverse en línea recta, pero esta característica que menciona Einstein hace que, por más recto que vayas, las trayectorias siempre serán curvas. Pasa lo mismo con el tiempo, está tan curvado y nosotros tan tridimensionales que parecería que sólo tiene una dirección, hacia el futuro. Pero pensemos en la Tierra, parece plana estando sobre ella, si avanzáramos en línea recta llegaríamos al mismo punto: el espacio-tiempo es curvo.

De esta forma podemos pensar el tiempo ya no sólo hacia el futuro, sino también hacia el pasado, por la simple razón de que uno puede ir tranquilamente hacia atrás y hacia adelante en la vida, hasta Skinner logró que las palomas volaran en reversa.

Esta visión un tanto más libre del tiempo aún no es suficiente, porque implicaría que el futuro es tan definido como el pasado y eso nos lleva otra vez al determinismo, una mamada.

¿Dónde queda el libre albedrío?

En la quinta dimensión.

La quinta dimensión abarcaría una multiplicidad de líneas temporales para nuestro Universo. Es decir que las historias que suceden en este espacio-tiempo se ramificarán orgánicamente dependiendo de las decisiones tomadas por los actores.

En la teoría del multiverso tendremos que si yo decido en la comida probar pollo en vez de res, el universo se partirá cuánticamente en dos: uno donde como pollo (el que observamos) y otro donde como res (que queda velado pero teóricamente es tan real como el primero).

¿Pero porqué vemos sólo el universo donde como pollo? Por algo que ya mencioné en otro artículo: el colapso de la función de onda. Y podemos sólo ver esa porción cuántica de universo porque somos seres limitados en nuestros grados de libertad: tenemos plena movilidad en tres dimensiones pero a partir de la cuarta nos han restringido un poco las leyes de la física y por lo mismo sólo podemos observar una línea temporal, la del pollo.

En este supuesto pensar un fin del mundo es absurdo, teóricamente siempre habrá un universo donde sigamos existiendo.  Pero seamos más concretos: ¿por qué el mundo tendría que acabarse por nosotros? Nos acabaremos nosotros, no el mundo. Tenemos 200.000 años más o menos de una verdadera supremacía del hombre sobre el planeta, los dinosaurios vivieron millones, las plantas más, no seamos tan egocéntricos.

Volvamos a las fechas del fin del mundo anteriormente propuestas y sólo las que tienen una fecha precisa:

–          6 de abril de 793

–          16 de octubre de 1736

–          20 de noviembre de 1822

–          21 de diciembre de 1954 (esta fecha se repite, es curioso)

–          9 de junio de 1994

–          6 de septiembre de 1994

–          1° de enero de 2000

–          5 de mayo de 2000

–          21 de mayo de 2011

–          21 de octubre de 2011

Después tenemos el próximo 21 de diciembre, el 9 de febrero de 2027 y el 2060, sugerido por Sir Isaac Newton.

Como no queriendo la cosa los que nacimos luego de 1990 somos unos supervivientes natos. O tal vez sólo sea un ansia patológica por la muerte. Quien quiera muérase el 21 de diciembre. El gran cambio que se necesita no es la muerte, es una purga de las malas conciencias y comenzar de nuevo y bien, si queremos seguir yendo adelante.

 Texto: Adrián García

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Esta entrada fue publicada el diciembre 21, 2012 por en Artículos, León, Transición.
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