Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

EL Juego y La Locura

La madurez del hombre es haber vuelto a encontrar la seriedad con que jugaba cuando era niño

F. Nietzsche

No se puede dedicar la vida a algo que no se cree que es cierto, lo escuché, palabras más, palabras menos, en un documental sobre la búsqueda del Bosón de Higgs (la que han llamado la partícula de dios, pilar de la física moderna), lo dijo Lawrence Krauss, uno de los físicos más dedicados a ello, y yo recordé inmediatamente una frase poderosa y elocuente: el fondo del espíritu es delirio.

El punto es que esta frase es una síntesis de una idea hermosa del psicoanalista Jaques Lacan, intrigado en sus inicios por la paranoia, un padecimiento íntimamente ligado con el surrealismo, por ejemplo, entre otras corrientes artísticas de comienzos del siglo XX que lo usaron como método creativo.

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Foto: Adrián García

La paranoia es la construcción de una estructura de sentido superior que justifica la existencia de fenómenos aparentemente aislados e inconexos que, no obstante, son parte de un todo finamente entrelazado con un objetivo bien determinado. La paranoia, en otras palabras, es la creencia en una Gran Verdad que nos rebasa y le otorga sentido al mundo.

De tal manera, la ciencia, la religión y el arte son, en el fondo, paranoia: delirios del espíritu. Porque nadie nos asegura que esa partícula exista, nadie nos ha dicho si dios realmente está en algún lugar y nadie nunca ha llegado a una verdad última por ninguna de estas vías. Pero ahí seguimos, intentándolo y, más vehementemente: creyendo en su verdad.

No creo que haya un humano más entregado a algo que no sea un loco (o un niño, la virtud de un niño es la sinceridad de la entrega, sin duda).

Como sea, hemos crecido en un mundo que menosprecia la niñez tratándola como una etapa de construcción de adultos  y no rescata lo verdaderamente imprescindible de ella: el juego. Explicaré esto más delante. Por otro lado tenemos la locura, tomada como discapacidad, satanizada y recluida. No digo que sea una pena que una mente sana pierda el juicio, pero ¿y si ese perderse desde aquí sea un encontrar del otro lado? Es cuestión de perspectiva.

Don Quijote es un ejemplo clásico. Aclaro desde ahora que es uno de los libros que más ha dejado impronta en mi vida, los otros dos son Rayuela y El Principito, pura chingonería.

Alonso Quijano enloquece (?). Yo no lo creo. Eso será lo evidente, pero no puede negarse que el mundo de caballería del Quijote parece ser muy ordenado, bueno, fantástico y hermoso, a su locura la mueven dos factores: el amor y la justicia. La justicia la imparte él  y su élite de caballeros andantes, desfaciendo los más viles agravios, como él mismo nos dice; el amor corre a cuenta de su Dulcinea, si es una princesa real o una campesina chimuela, es lo de menos: lo importante es que es ella su motivo.  Tan diáfana es el alma del Quijote que se antoja así el mundo, hacia la mitad de la segunda parte se intenta devolver el juicio a Alonso Quijano, el que busca perpetrar tal barbaridad se lleva un buen cagón, muy merecido:

Dios perdone el agravio que habéis

hecho al mundo en querer volver cuerdo

 al más gracioso loco que hay en él.

Vergüenza habría de darnos no tener los motivos que el Quijote. Noam Chomsky, un chingonazo con una crítica muy aguda del capitalismo, lingüista y pensador contemporáneo, dijo alguna vez: “la única diferencia entre el Quijote y yo, es que mis molinos son reales”. Para cambiar este puto mundo necesitamos más locos que se crean lo que hacen.

Así sea.

Ahora vuelvo a la infancia. El mundo de un niño es una constante revelación sin el fastidio de conocer las causas o los efectos, una novedad perene. En una excelente serie de documentales sobre la naturaleza del tiempo de la BBC, llamada TIME, el doctor Michio Kaku dedica un capítulo completo a la escala humana del tiempo. En ella se habla de la percepción subjetiva y es, de hecho, consistente la creencia de que la novedad distiende la sensación de durabilidad, por eso un adulto siente que la vida se le escurre entre los dedos, porque ya no hay algo que le mueva el corazón o el cerebro, para un niño, en cambio, todo es nuevo.

Además tenemos la ventaja evolutiva de contar con la mayor de las infancias en todo el reino animal, podemos jugar un chingo de años.

El juego es común a los mamíferos, para la mayoría funge como entrenamiento de las destrezas necesarias para la vida adulta: cazar y luchar. No es distinto en nosotros. Lo que sí difiere son las destrezas a practicar. No necesitamos cazar, manejar quizás al supermercado o caminar, teniendo mucho cuidado al cruzar la calle porque los autos atacan a las personas aparentemente sin razón, entrar al establecimiento, encontrar en una cuadrícula de estanterías el camino hacia la zona de carnes frías, tomar un paquete, orientarnos hacia la zona de cajas, pagar, regresar y cocinar. No es tan sencillo como parece, no cualquier animal lo hace, sólo un humano, luego de algunos millones de años de evolución.

David Helfgott, él se “perdió” y seguro encontró algo: a su casa la llama Heaven

David Helfgott, él se “perdió” y seguro encontró algo: a su casa la llama Heaven

El juego en nosotros cumple otra función: construir el delicado y bellísimo entramado sináptico que hace de nuestro cerebro un monumento a la vida. Prácticamente todas estas conexiones se tienden o al menos se esbozan en los primeros tres años de vida y se refuerzan y consolidan durante el resto de la infancia.

Lo que hace único al juego humano es la imaginación.  Permite crear escenarios hipotéticos en los que se ponen a prueba teorías sencillas, que no obstante su simplicidad, van tejiendo una mentalidad creativa que nos permite sortear obstáculos que tarde o temprano nos pondrá la vida.

Si el problema consiste en que los cochecitos no pueden seguir avanzando porque un dinosaurio obstruye la carretera, vale verga, es un problema y tiene que ser solucionado. Esa es la magia de ser un niño: que todo se arregla.

Y es justo esa  magia la que se pierde con la edad, tristemente.

Si jugar enseña a vivir, ¿por qué dejar de hacerlo?

Jugar es encontrar soluciones a problemas muy cabrones. ¿Un dinosaurio en la carretera? Pues sí, a darle.

Un niño no le tiene miedo al desastre.

Renuncio al mundo adulto y su pinchez, no por infantilismos sino porque creo realmente que seremos mejores por la vergüenza que sentirían los niños que fuimos de los adultos en los que nos hemos convertido.

Yo no crezco no sólo porque no quiera sino porque temo mucho entender cosas como imposible, o sé normal o se murió o ya no te quiere. La realidad, vaya… una lata.

El niño se entrega a la tarea de jugar, a los problemas. En otras palabras: la vida.

Si uno quiere algo hay que buscarlo como un loco y verlo como un niño. Dudo que haya algo que le otorgue más sentido a las cosas.

Texto: Adrián García

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