Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

El concierto de la OSUG y algo más

Tríptico auto-censurado

Pasa que esto tenía tres secciones altamente inconsistentes, de las cuales la última era la peor. Me limité a quitarla, porque era amarga y abstracta y no aportaba nada al gozo de la música. Prefiero que se queden con un no tan mal sabor de boca.

1. Del evento

Cuando voy a cualquier evento voy dispuesto a la duda y la inclemencia. Encuentro preferible dejarme convencer de lo que haya que convencerse durante el concierto y no antes de él. Que sean las obras las que me seduzcan y no lo que se espera de ellas. Pero para el concierto de la noche anterior (noche de jueves catorce) no sé por qué iba tan inseguro si el programa incluía música conocida de compositores que me han gustado tanto tiempo (Fauré, Franck), lo que es más, con piezas de Ravel, cuya obra bastaría a los ojos ―oídos― de mi experiencia para volver digno cualquier recital. Será que estoy resentido con la vida o con los organismos culturales de la ciudad, o que he bajado poco a poco mis expectativas a fuerza de tanto golpe. O vaya a saber qué.

Me quitaron mi botellita de agua al entrar, medida difícilmente comprensible. Había caminado a gran velocidad rumbo al recinto y tuve que pasar sed todo el tiempo. Los maldije en secreto.

Al entrar me pareció que la gente era muy poca, pero pensé también que era temprano y no debía apurar mi angustia. Cuando dieron la tercera llamada y la gente seguía siendo la misma me puse triste y reflexivo. Desde donde yo estaba alcanzaba a contar ciento setenta personas, cosa así. No sé para cuántas esté dispuesto el teatro ni lo voy a investigar, que sea una cosa menos que hago para parecerme a las formas oficiales de discurso donde veo solapada la estupidez y la gratuidad, baste decir que el lugar se veía muy vacío. Eso es justamente lo malo: que cuando vas a ‘cubrir’ un evento, te pones voluntariamente en una situación en la que, más que nunca, tienes que volver conscientes todas tus observaciones y juicios absurdos. Acabas guardando en el recuerdo la clase lamentable de cosas que integran todas las notas periodísticas del mundo, o sea la pura formalidad. La pura descripción. Datos sin ningún propósito discernible. A tal hora en tal lugar tantas personas se reunieron para escuchar tal orquesta. Fulanito fuerza informativa equis ye.

Ahora me pregunto qué de lo que diga a continuación les hará sentir lo que yo sentí en el concierto. No me acompañaron y desde ahí es inútil decir nada, defecto periodístico bien conocido pero que a nadie le interesa remediar.

La cuestión se hunde bastante más cuando hablamos de música. Su problema está en que, llegados a la descripción, hay que usar palabras como lírico, tenso, disonante, irresoluto, sobrecogedor, palabras que no dicen nada sino para quien escribe y su sensibilidad eutrofizada, malcriada a costa de leer tantos periódicos y muchas críticas poéticas agudas incisivas etc. Pero no me dejen mentir: yo fui y ustedes no. Ya observan qué gran problema. Y no les estoy presumiendo nada, lo digo con melancolía. Al quererles contar cómo fue todo, me engaño, se engañan. La música tiene sustancia en la música, no en la palabra. De qué voy a hablarles ahora. Ya conocemos los peligros de la crítica. Hablar de armonía en textos de música (equivalente tal vez a hablar de fotografía en cine) es impensable, te vuelve foco de sospecha, pasas por pretencioso y cien cosas peores. El problema con la armonía es que no influye en el interés de nadie ni será entretenido o útil en la experiencia de ningún lector. No hay armonía, entonces, no hay nada. Hay un evento que tiene estas características, y que sobre todo ya ocurrió. Todo lo que puede hacerse a partir de ahora es, a lo mucho, decirles qué piezas integraron el programa para que las busquen en internet y para que no dejen que yo se las platique. Así parece funcionar, lastimosamente, lo de los reportajes y estas cosas.

2. De la música

OSUG 14-Feb (c) 2012 Teatro del Bicentenario (7)Hay que decir algo de la música, si no Disonancia se va enojar y me va a decir, bueno, a qué te mandamos pues. Hasta yo sentiría obsceno no añadir nada a las torpes reflexiones de arriba. Algún Alto Consejo Editorial llamó a capítulo y en él se debatió qué diantre sucedía con Rodolfito que nomás no escribía ya nada. Mándalo a un concierto, fue el dictamen final. Situación penosa y verdadera, porque ahora ni modo que no hable. Ahora hablas canijo.

Inevitable, desde luego, no seguir cuestionando cuál es el propósito de tanto texto informativo en tono oficial. Lo mecánico de lo no puesto en duda (para mí, descripción como anillo al dedo del metodismo del periodista anquilosado, robot obediente) está muerto y será siempre antinatural. Y cantidades y protocolos encallan precisamente en esta categoría. Qué puede hacerse cuando todo es la lucha entre no saber por qué se hacen las cosas y aceptar que de todos modos más conviene hacerlas que no hacer nada. Bueno, pues ya fuiste al concierto. Que te la crean. ¿Qué se sentía, cómo fue? ¿Algo de eso es trasladable a palabras? Cómo puedo saberlo. A mí las palabras me traicionan a la menor provocación.

 

+ + +

De los compositores nada por añadir a lo que pueden encontrar en Internet, sólo el entendido de que los cuatro, Emmanuel Chabrier, Gabriel Fauré, Maurice Ravel, César Frank, son compositores de mediados del siglo XIX que fueron ―siguen siendo― absolutamente geniales. A dos de ellos, Ravel y Fauré, se les cataloga frecuentemente de impresionistas. Sus biografías están en Wikipedia y lo del ‘impresionismo’ seguro lo encuentran en los diccionarios de la RAE, que al cabo somos bien fans de la RAE.

Por cierto que yo nunca entendí por qué los discos de música académica se registran tan bajito. Supongo que es lo que resulta de conservar todos los matices posibles, todo el rango dinámico, como dicen por ahí, entre la estridencia del timbal y la gravedad casi inaudible del fagot. Una banda de rock es pequeña y simple de registrar (eso digo yo desde mi completa ignorancia en materia de audio), el rango en decibeles que ocupa una guitarra eléctrica y el que ocupa una batería no son tan distintos. Claro que esto se presta a una producción pulcra y frecuentemente impresionante que no suele tener problemas con el volumen. Pero una orquesta… Cómo diablos grabas a una orquesta. Se nota aunque no quieras cuando una pieza está mal registrada, sobre todo cuando conoces la obra; se nota cuando se pierden los alientos, cuando se escuchan opacas las cuerdas, cuando la percusión se encima a todo, esa clase de cosas.

OSUG 14-Feb (c) 2012 Teatro del Bicentenario (4)               Bueno, pues creo que la más grande ventaja de escuchar a una orquesta en vivo es que el sonido es natural, es el que debe ser. Lo que suena corresponde a la hechura del instrumento y a las capacidades del instrumentista. Y es así que puede sentirse la gran fuerza que tiene una orquesta cuando hace bien las cosas, para el caso la Orquesta Sinfónica de la UG. que tocó anoche. Esta ocasión ha sido para mí la oportunidad más singular que tenido de sentarme cerca del origen físico de una pieza orquestal. Experiencias pasadas, ya se sabe, desde un balcón a mil kilómetros de distancia del escenario, o en el Teatro Juárez que es muy bonito como monumento pero donde no se escucha otra cosa que los baños del lugar siendo accionados por alguien y superponiéndose surrealistas a la música de Arvo Pärt.

Pero vaya diferencia qué es este escenario. Después de haber asistido al Teatro Bicentenario quizá una decena de veces, se acepta sin reproche su gran acústica. Y ante un público tímido y corto como el que éramos anoche, la orquesta se impuso sin ninguna vergüenza. Tenían suficiente fiesta ellos solos (eran casi ochenta, ya si no). Qué más les daba el público. Eran un rugido feroz, un oleaje tempestuoso. Y yo lo agradecí con cada pieza. El fragor de los alientos era increíble, rasposo, marino. Los percusionistas se veían plenos en su mundo. Me gustó mucho lo que oí y cómo se oía. Todas eran piezas conocidas para mí, pero nunca había escuchado con tal lujo de detalle la Pavana de Fauré ―suave, distinta—, España de Chabrier ―brillante, sensual―, la Sinfonía en Re menor de César Frank ―otra completa maravilla desde su ostensible dificultad, para dejar agitado y sudando al oyente mismo, pero

Play it fucking loud

con lo que quedé más profundamente impresionado fue con el Concierto para la mano izquierda de Ravel. Antes del concierto de anoche no tenía una opinión concreta respecto a esta obra. Conservaba, eso sí, la impresión de que era una pieza cansada, de inicio enterregado y obtuso, no se diga con lo bajito que ya les digo se graban los discos de música académica. No se entendía nada de nada.

Pero anoche todo rebosaba de textura. Este inicio, antes incomprensible, se me ha revelado ahora como uno de esos que te corroen hasta el fondo sin pedirte permiso. Si quieres sentir cómo te abren el vientre a hachazos, les digo que el Concierto para la mano izquierda de Ravel es obligatorio. Hay una oscuridad extraña y muy sofisticada en este concierto. Hay una pasión moderna y violenta que se siente en la lucha, siempre triste y dispareja, de ese piano lisiado, destrozado a balas por la guerra, contra una orquesta implacable que se alza hasta sofocarlo casi, ambos, orquesta y piano, con un muy sorpresivo sabor a jazz. El pianista de anoche, Manuel González ―mexicano―, se dejó el pellejo en el teclado, eso me queda claro. Qué gran revelación para los que en nuestra infancia no tuvimos equipos de sonido de alta fidelidad para subir el volumen hasta llenar nuestra casa de Ravel. Pero si hubiera que irnos hoy conmovidos y contentos, después de leer esta nota tan trabajosa, tienen que ver ESTE VIDEO, ver a la pianista hacerse pedazos la mano que ocupa hasta la sangre.

OSUG 14-Feb (c) 2012 Teatro del Bicentenario (8)

                Mi instrucción sugerida, dado el tenue matiz que, insisto, nos van vendiendo con la música clásica, es que se metan a un cuarto aislado, pongan el cerrojo, y con audífonos a todo lo que dan o un buen par de altavoces se sometan al concierto y escuchen la forma en que alguien con una mano sola toca lo que ninguno de nosotros podrá jamás con dos. Nada más que decir. No dejen que yo les mienta. Háganse un favor y escúchenlas.

Texto: Rodolfo Hurtado
Imágenes: Cortesía Teatro Bicentenario

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Un comentario el “El concierto de la OSUG y algo más

  1. Rodolfo Hurtado
    febrero 23, 2013

    El concierto de la OSUG y algo de más, será.

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