Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Curvando el tiempo

Escuché tangencialmente en Radio Universidad de Guanajuato sobre un concierto de piano, con la hora y el lugar, sin más detalles. Sin real interés y sin planes concretos de asistir, llegué al lugar de la presentación, ahora sé, que tenía que estar ahí.

El Teatro María Grever abrió puntual las puertas, a las 7, gratuitamente. Nos acomodamos y desde el comienzo fue palpable la rotunda ausencia del rigor protocolario. El programa no ostentaba ni un logo o sello, aún ahora es un misterio para mí quién organizó el concierto.

La pianista, eso sí, tenía un currículum para dejar en vergüenza a todo aquél que sienta que ya chingó con un título de licenciado. En la tercera línea del programa estaba muy claro: “pasó el examen final con diploma de virtuosismo”.

Alla von BuchLa intérprete, Alla Von Buch, ucraniana, profesora de conservatorio en múltiples escuelas de no menos múltiples países, decana del Conservatorio Richard Strauss de Múnich y además de pianista, musicóloga por la Universidad de esta misma ciudad.

Tan íntimo y relajado fue el evento que me daré el lujo de dirigirme a ella por su nombre.

Alla ingresó al escenario donde sólo estaba el piano iluminado. Las luces del teatro jamás se apagaron, la razón quizás fue que Alla quería permanecer en comunicación con el público pues desde que se presentó, nos indicó en un español muy bueno con un acento fuerte y regio que dividiría el concierto en cuatro secciones, de las cuales daría una breve introducción antes de disponerse a ejecutarlas. De tal manera anunció el Arabesco en Do mayor de Schumann, se sentó tocó y fue todo. No digo todo como una expresión de que me haya parecido pitero. ¡No! Digo que fue TODO.

La mujer, hay que decirlo, lucía encorvada y pequeña, sin embargo desde que salió de las piernas del teatro proyectaba una presencia gigantesca. Habló, se sentó y movió las manos pero como si no le costara nada. Aquí debo aclarar que me fascina escuchar interpretar música a las damas, tocan con una gracia innata que yo siempre he querido imitar pero es eso, una imitación muy burda y alejada de la realidad. Además de gracia, Alla tocaba con elegancia. Me fijé, como pianista incipiente que soy, en los fraseos que lograba apenas levantando la muñeca y me dije ¡Verga! ¿Por qué no puedo yo hacer eso?

Seguido de Schumann, Alla presentó tres piezas de Prokofiev, de las cuales no dio más explicación que sus nombres, los cuales para alguien entendido en música dicen bastante, pero quizás debió ser más explícita. De estas piezas sólo diré: una chingonería.

Acá se las pasó:

–        Gavota en fa# menor Op. 32 no. 3

–        Marcha en fa menor Op. 21 no. 1

–        Preludio en do mayor Op. 12 no. 7

Háganse un favor y búsquenlas. Yo no puedo describirlas.

La siguiente parte del programa fue para Chopin por completo. Fantasie Impromptu, me atrevo a decir que “conocida por todos”.  Y cuatro estudios. Allí, Alla fue más específica diciendo que esta cuarteta de piezas respondían a caracteres literarios muy particulares, me atrapó. El primero eran ondas, propagadas de distinta forma en una mano que en la otra; el segundo eran ecos; el tercero unas campanas; y el cuarto un arpa. Y sí, me sentí como esas veces que uno sólo puede decir: “pues sí”.

Durante esta sección me pasó algo que hace tiempo no sentía: me valió madre el tiempo. Lo digo literal porque el dueño del estacionamiento donde había dejado mi nave me amenazó con cerrar pronto.

Esa sensación sólo la he sentido últimamente escribiendo mi propia música, cosa de la cual no ahondaré pues porque para qué, entre Chopin y Adrián, hasta dudar ofende. Pero el punto es que esa sensación de que el tiempo se distiende ya la había relacionado a tal punto con sentarme yo, solito, al piano a escribir unos garabatos que luego ni yo entiendo, y ensimismarme tanto en eso y en la destinataria final de lo que hago, porque hay que decirlo ya que nadie hace algo tan gratuito y sino que le pregunten a Sigmund, que pensé que ya no lo sentiría fuera de mí, es decir, sin mis propios medios.

Gracias, Alla,  por hacerme sentir tan vivo de nuevo. Mañana mismo me levanto a practicar las pocas piezas de Chopin que alguna vez toqué porque a Chopin hay que saberlo.

A esta monumental sección siguió otra para nada menos destacada. Cuatro mazurkas, hermosísimas, que continuaron estrujando el tiempo.

El público, aunque poco, finalmente pudo deshacerse en aplausos porque la verdad que lo que oímos fue para morirse.

magistral-concierto-piano-von-buch_1_957427Alla regaló el último nocturno de Chopin, ya sin opus. Maravilloso. Y luego desapareció tras la cortina y el telón que ya bajaba pero el público aún aplaudía. Luego ocurrió algo que no supe ni qué. El telón subió de nuevo y un tramoyista recuperó una cámara que gracias a todos los dioses capturó el concierto. El aplauso que debió ir para Alla lo recibió este señor que bien merecido se lo tuvo porque el telón iba derechito a tirar por los suelos la cámara y sepa la chingada si hubiera acabado en desgracia perdiéndose para siempre el registro.

Tras el tramoyista se asomó Alla que descendió del escenario no por la parte trasera del teatro sino por el proscenio. Acabando con todo rastro de ritual o protocolo, lo que me pareció grandioso.

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