Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Descubrimiento tardío

El lago de los cisnes, ballet en dos o cuatro actos con música de Tchaikovsky, cuenta la historia de Odette y Sigfried.

Sigfried es príncipe de algún lado y está en edad de casarse, pero no lo ha hecho. Su madre, la Reina, lo presiona organizando una fiesta a la que asistirán todas las doncellas del reino. A Sigfried se le nota triste y preocupado, así que sus amigos deciden invitarlo de cacería para animarlo.

Llevan ballestas y cazarán cisnes. Claro que, breve paréntesis, debe ser ésta la puesta en escena más improbable El Lago de los cisnes ∏ Teatro del Bicentenario Fotografia Arturo Lavin (6)de lo que es una cacería de cualquier tipo, pero en el marco de la historia las circunstancias aceptan ser excéntricas, ballesta y cisne incluido, porque si no Sigfried y Odette no se conocen y entonces no hay historia.

Bueno, pero Sigfried y Odette sí se conocen y se enamoran. Ella le explica que está bajo la maldición del temible brujo von Rothbart y que, condenada a ser un cisne, vuelve a su forma humana sólo por las noches. Aparece entonces el temible brujo von Rothbart y se la lleva con él, apartándola de Sigfried. Contra toda intención de sus amigos y sus fabulosas ideas, Sigfried está ahora doblemente indeciso y desconcentrado. Qué le van a importar las doncellas del reino, sólo piensa en Odette.

Llega pues la noche de la fiesta, y en medio de los muchos excesos y frivolidades que caracterizan estos festejos reales, aparece un tal barón von Rothbart de la mano de su muy bella hija, Odile, quien por cierto fuera del vestido negro que lleva puesto, es idéntica a Odette, o así le parece a Sigfried. Es tal la fuerza de esta apariencia que Sigfried cae en el engaño y pide la mano de Odile por esposa.

El Lago de los cisnes ∏ Teatro del Bicentenario Fotografia Arturo Lavin (8)                  El temible brujo von Rothbart se desenmascara entonces y se jacta en toda su maldad confrontando a un Sigfried imprudente, ahora víctima de su precipitación, frente a la imagen lejana de Odette, su verdadero amor. Hasta aquí es todo muy triste, nos queda claro. Pero a la historia no le basta: tras implorar Sigfried de rodillas el perdón de Odette y luchar ambos encarnizadamente contra von Rothbart sin resultado, comprenden la futilidad de sus actos desde la vida y se tiran al agua helada, Sigfried detrás de Odette. Hacen perdurar de este modo, en la muerte, su amor. Y sólo así, en el sacrificio, han podido vencer a von Rothbart y liberar a las demás doncellas de la maldición.

Por supuesto que la historia no escatima en el exceso didáctico de toda fantasía y en la inclusión de motivos narrativos recurrentes, y si la he puesto arriba no ha sido por ganar tiempo, sino porque yo mismo me sorprendí leyendo la historia en el programa de mano, extrañado de no haberla escuchado antes, y ahora quiero ponerla aquí. Porque sí: porque no tenía yo la menor idea de nada de la trama y veo ahora que fue por no haberla visto nunca antes completa ni con su intención original.

Pasa con esta obra, creo, lo que ha pasado con el Hallelujah de Händel, Las Cuatro Estaciones de Vivaldi, Claro de Luna ―de Beethoven, de Debussy―, Für Elise, Rondo Alla Turca, Cascanueces, Nessun Dorma… tantas otras obras que, con toda la excelencia musical que se les quiera adjudicar, están ahora al borde de la insignificancia gracias a la gente y su estupidez inagotable.

Son como palabras gastadas, crimen comparable a pronunciar mística, mito, sabiduría, para aceptar luego que no se sabe lo que se dice, que traicionamos con cada enunciado nuestras palabras usándolas para cualquier cosa sin ningún respeto. Y así también traicionamos a las Cuatro Estaciones cuando empezamos a usarlas en anuncios de Brandy, a Claro de Luna para cualquier película más o menos melancólica, asociamos también para la eternidad ópera y perfume, es la repetición ignorante de un tema por parte de quienes sólo puedo imaginar como un grupo de gente sin nociones propias de nada y cuya idea de refinamiento, sofisticación, valor, clase…, topa una y otra vez en los mismos lugares gastados, la misma música de siempre para la misma intención prefabricada.

A Lago de los cisnes ya le tocó ser musiquita de esfera navideña, jingle de promocional invernal. Le tocó la condena de ser bailable de escuela, de academia de bailarinas aprendices. Y cuántas veces no hemos visto El lago de los cisnes montado sin el menor cuidado y con una mezcla inverosímil de piezas externas a la suite.

Aunque esto no es intolerancia (menos quedándome claro que en los tiempos de la tan idiotamente defendida y descerebrada posmodernidad, a quien vuelve la vista al pasado lo acusan de intolerante, de ermitaño anacrónico, tienes que aceptar cualquier basura para conservar tu trato con el mundo), es más bien mi inquietud al admitir lo que sin duda puede ocurrir con una pieza clásica. Tchaikovsky hizo, sin buscarlo así, una pieza que se volvió referencia cultural, no lo sé, por sus valores, por sus temas, por su fácil consumo, y por tanto atada ahora a muchas prácticas que, en mi opinión, la han devaluado.

Pero si con algo quedé gratamente sorprendido el pasado viernes primero en Teatro Bicentenario, fue con la forma sobria y elegante de contar una historia que hasta el momento yo daba por hecho sin tener realmente idea de lo que contaba; sorprendido con la forma de ejecutarla, con su solución práctica sobre el escenario, con su modo de apartarse de todo lo que yo pensaba de ella hasta hace unos días. Los integrantes del Ballet de Monterrey me permitieron conocer esta historia desde la danza, desde esa conjunción no siempre comprensible de movimiento y espacio. Pude atender verdaderamente a los gestos ―todos bellos y distintos―, ponerme en la situación de quien escucha al cuentacuentos, enterarme tardíamente de esta historia hecha para narrarse con miradas y encuentros cuerpo a cuerpo y abanicos grandiosos, mujeres que flotan en los brazos de algún otro bailarín, saltos ingrávidos, curvas ligereas y continuas, todo eso que vuelve del ballet algo tan agradable y disfrutable a los ojos de quienes, como yo, no sabemos nada de danza.

Ni qué decir de la parte formal, vestuarios y escenografía de gran calidad, muy a la altura de lo que yo habría El Lago de los cisnes ∏ Teatro del Bicentenario Fotografia Arturo Lavin (11)pensado exponiéndome a esta música sin ideas previas. Pero si me lo preguntan, siento que no estuvo en el derroche grandilocuente de elementos la efectividad de este montaje. Estuvo en su equilibrio, en su integración. En el placer que da ver funcionando algo tan complicado de llevar a cabo humanamente como es una obra de estas dimensiones, algo que se construye desde la nada, paso a paso, música, coreografía, dirección, intenciones, argumento, mesura, ritmo…, buscando justamente ese ideal que encarna lo clásico en su limpieza, en su justa proporción. Y lo cierto es que, sin saber realmente a lo que iba, sin conocer la historia de la obra y sin idea de cómo estar ante la danza, acabé tranquilo y satisfecho, agradecido de haberme expuesto a la experiencia de esta suite, a su conocimiento de una vez por todas como debe ser presentada.

Texto: Rodolfo Hurtado
Imágenes: Cortesía del Teatro del Bicentenario

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3 comentarios el “Descubrimiento tardío

  1. Rodolfo Hurtado
    marzo 27, 2013

    PSICOLOGÍA INVERSA
    Tres veces o cosa así me he metido al Bicentenario bajo la delicada tutela de Disonancia; he ido a cubrir eventos que se me encomiendan, los cubro con lujo de limpieza y profesionalismo. Han de saberlo, compañeros, que cuando se va de invitado a estos lugares es porque se ha aceptado llevar el grillete sangrante del comunicador oficioso colgando por todas las escaleras teniendo que admitir que los acomodadores lo miren a uno con apremio y digan ‘pero bueno, mira, que ya entendimos que eres de prensa, no hagas más ruido’. Ah, porque se acepta con antelación que lo mirarán a uno con asco y se harán a un lado cuando se pase por los pasillos y llegue uno a sentarse con sus cenicientos harapos en las sillas donde la gente irá perfumada y muy bien vestida. Les seré sincero, cuando se va de invitado los ritos y conductas responden automáticamente la cortesía de la invitación, por eso lo que más se antoja cuando llegas a tu casa es escribir las cosas más horribles con tal de desquitarse. No importa qué cosas mientras sean obscenas, hirientes, inapropiadas, vulgares, en lo posible pornográficas. Ahora que vino la Britten Sinfonia y que asistí, pagando dolorosamente el boleto de mi exiguo bolsillo, nadie me pidió reseña. Pero no habría podido hacerla, de todos modos, porque justamente en esta ocasión todo me pareció limpio y bello, una maravilla. Y yo sin lo agridulce no funciono para decir nada. Misterios de la ciencia.

    • disonancialeon
      marzo 27, 2013

      Compañero Rodolfo, siempre usted es un enigma, pero si hemos entendido bien lo que acaba de comentar en su propio post, nos encantaría provocarle más amargura y desprecio hacia todo aquello que la sociedad y el arte le representa cada vez que va al Teatro en nombre de Disonancia.
      Sus textos que recibimos después de cada puesta en escena, concierto o lo que sea que se presente, son de lo más sinceros y descriptivos posibles y es por eso que nos encantan tenerlo de nuestro lado, sólo en cierto aspecto, porque no respeta la reglas del periodismo o del sistema informativo para lo escrito, Rodolfo es Rodolfo, y habla y escribe como él.
      Sabemos de antemano a leerlo que sus escritos no son lo que se espera de una nota, y no serán leales/vendidos ni al medio en el que se publican, o sea Disonancia, como al evento que se cubre, y confiamos que he ahí el éxito estadísticamente de sus post, porque hemos de comentarle que son de los más leídos.
      Entonces qué Rodolfo Hurtado ¿Le gustaría seguir compartiendo los sentimientos de desprecio y disgusto que vienen a usted cada vez que representa a Disonancia de alguna manera?

  2. Rodolfo Hurtado
    marzo 27, 2013

    La inquietud que he compartido de cerca con los administradores de Disonancia es una idea breve que me ha hecho cosquillas en el cerebro hace tiempo y ahora quiero verla escrita para que deje de instigarme a tanta reflexión ensimismada y a las muchas otras cosas que se suman negativamente a mi ya maltrecho carácter: la sospecha de que el periodismo cultural al uso suele ser la encarnación más flagrante de todo lo que es falso y basuriento en el mundo y nosotros tan tranquilos. Esto lo siento sobre todo cuando tengo que obligarme a proceder periodísticamente, o sea, a caer en todos los ritos ortodoxos que supone la información oficial y que para mí implican renunciar a lo que por principio es legible, digno, respetuoso para con el lector y su tiempo.

    La nota en forma, la que en todos los manuales se comprende como una pura piedra de datos, esa no me cae bien. Pero para no herir a los aguerridos adeptos de la nota valga decir que no dudo de su formato, formato por demás sólido, viejo, sabio, mil veces probado a diario con resultados estupendos; soy el primero, es más, en aceptar que existen temas en los que, o bien te haces a un lado como autor, anulando tu voz, experiencia y todo lo que de hecho te permite escribir y decir algo, o asumes el riesgo de desfigurar la información, tiñéndola de esa subjetividad tan tuya, tan de los sujetos, contraria a la santa y católica objetividad, esa que se logra cuando las cosas las escribe un objeto. Aunque habría que conceder entonces que el logro no es ya de uno, sino del objeto. Que nadie le quite su mérito y su estrellita en la frente, pues. Pero la cosa es que el objeto es malo para disimular su autoría: escribe siempre desde las líneas editoriales más inflexibles, desde el interés, desde el dinero en juego y la materialidad más rabiosa, desde la imagen pública de alguno, desde la gente importante…, al objeto no le gusta enlodarse ni tirar el dinero. Ya puede verse que formas de sorprenderle hay muchas.

    Yo de periodismo no sé nada. No lo ejerzo ni tengo claro si me interesaría ejercerlo, aunque por otro lado, ofrece algo que es lo que me ilusiona de todo esto de aquí, la esperanza que guardo para Disonancia: la posibilidad de convertir la enorme vanidad del periodismo ―del periodista, más bien― en otra cosa, una cosa mejor, cerciorar que no estoy solo, que todo esto importa, que todo esto le importa a alguien y vale más la pena hacerlo que no hacer nada. Pero de tener que convertirlo verdaderamente en mi modo de vida, abogaría siempre por un periodismo del sujeto, un periodismo en que el lector deje de creer que una nota es fiable porque la escribió redacción o porque se ajusta a la exposición más fría y clínica de los datos. Aceptar ser objeto es lo más difícil del mundo y a mí nunca me ha salido por más que intento convertirme en objeto todas las noches (de luna llena). Es por esto, por mi imposibilidad de ser un objeto, que prefiero creer que abrazar los intereses de un pequeño mundo editorial, de una pequeña cartera de negocios, de una insignificante red de intenciones materiales, es vender tu alma al diablo, malbaratada encima de todo. Si las garantías individuales no van a ser sólo la pura evasión, el puro precepto adaptable a conveniencia, entonces ahí tiene que estar puesta la esperanza. Y no veo por lo pronto otra forma de ejercitar esa esperanza que resistiéndose a las grandes pautas del mundo, incluso si eso resulta al principio en textos oscuros y dispersos como el comentario de aquí. Pero si esto es oscuro y disperso es porque así lo he preferido antes que saturado de dogma. Mi reticencia está en aceptar las cosas que no entiendo por qué hay que hacerlas. Y una de esas cosas que nadie me ha explicado por qué tengo que aceptar y encima practicar, es meterme al eje visible de nuestras formas oficiales de información, engrosándolas, nutriéndolas, aceptando sumiso que la información tenga que ser siempre gratuita, inútil, tan extremadamente estúpida y caducable.

    Me fascina cubrir eventos, disonancia. Tener el privilegio de la prensa de entrar gratis a todos lados pero sin asumir la compraventa de espíritus a que obligan los agendasettings más infrahumanos es como un sueño hecho realidad. Y no es que cuestione el oficio. Sólo sus formas de proceder. Valga un punto a favor, para que vean que tampoco soy la pura parcialidad: pensar en lo que han dicho algunos historiadores: una idea fiel de lo que pudo ser la verdad de una época se encuentra antes en las hemerotecas que en las bibliotecas. Tiene que ser cierto, pienso yo, porque los libros seguirán siendo un objeto complicado de producir y fácilmente dependiente del interés de las élites. Hacer libros no es barato y los tiros pequeños (pequeños tal vez por contar la historia de las minorías ―o de los perdedores, según se mire―) de todos modos se extravían en su propia escasez. No seré yo quien reste al periodismo la responsabilidad que tiene para con la historia, es un ejercicio necesario. Pero mi conflicto sigue siendo otro:

    Cuando suscribo la idea de este periodismo-semilla para una historiografía completa, considerada cuan amplia y compleja pueda ser ―en sus contrastes y contradicciones, en los muchos derroteros políticos en que pueda verse comprometida―, es porque confío en que porte al menos el signo de un tiempo y su gente, que lleve inscrita la costumbre y el habla, el movimiento y tensión de un grupo humano. Y acaso con este propósito sea que un historiador vuelve la vista a los periódicos, porque sus páginas no pueden NO SER documento, reflejo natural de sus enunciadores.
    Lo que siempre me ha calado y se los digo aquí con toda la discreción que cabe es ¿cómo a un tiempo que el periodismo consolida esta posibilidad real de ejercicio histórico diario, puede someterse mecánicamente a unas reglas tan intransitivas que su propuesta sólo luzca concebible desde la más enorme estupidez y total incompetencia cultural? Baste referir a las secciones coolturales, que en mi opinión se han hecho siempre al revés: todo su interés está puesto en lo que ocurrió ayer, inconcebible que se dé cabida en sus páginas un día la insistencia, la invitación al evento de mañana. Casi todo en su contenido es pretérito. Información que existe por el puro y gratuito hecho de existir confiando en dicha existencia como útil para alguien.

    El problema de estas cosas que, como cabía esperar, no saben por qué son como son, es que degeneran pronto en la aberración del informar por informar (aunque los medios ya se sabe, habría que preguntarles lo que entienden por informar), no importa cuán trivial sea el acontecimiento, el oficio estipula que todos los días ocurre algo. De entre las cosas más idiotas que he visto, yo hablaría sin ningún cuidado de la nota televisiva de un cierto canal de casa donde hablaban de cómo las bancas de un parque habían amanecido escarchadas, mire usté cómo quedaaaaron, con musiquita dramática y toda la cosa.

    A la sombra de esta reflexión se acepta que nadie tendría por qué esperar nunca interés por parte de nadie para leer sobre conciertos que ya fueron, sobre música que ya se tocó. Sobre todo cuando se escribe sobre algo que estuvo vivo, una música, un amor, una experiencia, no se encuentra gran fidelidad en su imagen pasada. Por el contrario se vuelve un vaho cualquiera y se extingue pero así.

    Ya no sé si valdrá la pena comentar aquí tan largo y tendido, si más bien ofendo a alguien, si lucirá ridícula la extensión de lo que no es sino un comentario, pero se escribe así, creo, para probarse si uno tiene claras cosas o sólo cree saberlas. Preferible una búsqueda a tientas que mantener las estructuras, lo que refería hace unas líneas como esperanza, esperanza en lo otro, en aquello a lo que de algún modo todos aspiramos, porque las cosas dadas, el mundo dado, no puede serlo todo, ni el modo en que ya es, ser el único. Necesitamos la posibilidad de deseo y de sueños. De alimento para la imaginación, estímulo para querer despertar mañana sabiendo que todo podría ser otra cosa.

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