Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Basta de censu

(…) odiar hablar de esto, odiar todo lo que digo y cómo lo digo, lo estúpido que suena, el silencio con que será acogido, odiar cada palabra, ver cómo se aleja de la forma que le busco conforme lo escribo, asumir que no hay sorpresa en que se me pierda: hace mucho que escribir es darme de topes. Si no me saqué un chipote con lo que escribí mejor no mando nada. De por sí no digo nada. Pero es que pareciera que el mundo está cada vez más acolchonado y a mí por lo menos eso me quita la posibilidad de romperme la cabeza contra un muro si así lo quiero. Cuando le agarras el gusto a pegarte contra la pared (siempre que descubres que bajo la pintura hay cosas y encima de todo y lo más satisfactorio, hay otras cosas), se vuelve muy difícil animarse a decir lo que sea si no es con la esperanza mínima de una descalabrada propia o ajena. ¿Disonancia de veras? Pero tendríamos que dejar de acolchar las paredes. || del tema del mes nunca || ¿Cómo le haces para decir cualquier cosa sobre lo esencial…? ¿Cómo aprendes a tomarte a la ligera tu humanidad, a hacerla bolita y aventarla arrugada al cesto para hablar mejor de lo que sea? Yo no me animo. Seré cobarde hasta que no me enseñen a perderle el miedo a la plastificación, a la criogenia. Ojalá fuéramos todos de fomi, amiguitos, de hielo o de corcho, así podríamos despreciar por principio el misterio, la capacidad de voltear los ojos para adentro y probar la Tierra en la boca, la noción de sabernos uno sin las basuritas de los vientecitos teístas en los ojos. Porque lograr soltarnos del óxido corrugado de nuestras aspiraciones religiosas más idiotas, perdernos de nuestras moralinas de museo, trascendencia y metafísica, eso para qué lo queremos. A la mierda todo. Yo quiero ser un concepto literario, quiero ser un personaje teatral con psicología profundísima y toda la cosa, un modelo de algo que no soy yo ni mi vida pero que es atractivo y me hace sentir genuino y digno de imitación, que me hace identificarme con lo que me consta trata la existencia, debiendo ser fatal y romántico en todos los casos. Quiero creer que es el cuerpo la única materialidad que me encarna, engañarme de que lo demás es el alma ―me dijeron que tengo alma― que hay algo después de la vida a lo que ella aspira. Quiero desperdiciar mi tiempo pensando que habrá más vida, desbarrancar esta vida, la única que tengo segura y en mis manos, en esa fosa de brea negra y pastosa que es nuestra mediocre civilización y nuestro muy pesado fardo de pensamiento mágico. Será siempre más cómodo descartar la ansiedad, olvidar que somos responsables hasta la última palabra, es éste el grillete voluntario con que el Hombre se pisotea. Vivir como si viviera: me tomaré una foto y te la entregaré a ti, así sabrás que he existido, que me importó poco ser humano. Que fui siempre demasiado cojo como para tomar el camino más corto y digno, el que va de cumbre a cumbre. Mejor decir cualquier cosa. No hace falta que madures tu concepción del mundo, nadie espera que te sueltes de la rama de todos modos, a todos les parece normal que te pudras al sol agarrado hasta las uñas, endulzándote hasta la muerte antes que entregarte al ideal finito de un hombre que muere porque vivió, contrario a quienes son eternos porque temen. Pero uno qué. Cómo saber si lo que abunda es valentía o estupidez.

Texto: Rodolfo Hurtado

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Esta entrada fue publicada en marzo 27, 2013 por en Artículos, Libertad y etiquetada con .
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