Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Elegía al anquilosamiento extremado de nuestra precaria e inmóvil existencia.

Elegía al anquilosamiento extremado de nuestra

aunque probablemente más bien la mía

precaria e inmóvil  existencia.

1

Qué título más idiota. Pero es para retener tu interés unas líneas, lector, a ti que te jactas indolente de dominar igualmente la historia, las ciencias exactas, las intrigas intelectuales más sofisticadas, retenerte aquí y ahora, así sea por efecto de una artimaña tan baja como es el escándalo y la falta de templanza. Pero es porque no sé de qué hablar. No sé nunca de qué hablar.

Sé que hace unas horas había terminado un texto que me sorprendió por su amargura e ilegibilidad. Esto que aparece ahora aquí (si lo publican [olvídate de eso, si lo publican completo, más bien]) es algo que se me ocurrió minutos después del primer texto. Se me ocurrió porque en ese primer escrito (que intentaré corregir y enviar antes que cierre el tema de Hombre y Tecnología o en el que vayan para entonces) todo conducía casi demasiado rápido al vacío. Sospeché que, o bien ni siquiera yo sabía lo que quería decir, o me estaban faltando motivos para pronunciar cualquier cosa de un tema que en el fondo no me sonaba a tema por ningún lado.

Después recordé los temas anteriores de Esta Nuestra Revista y me sentí en una suerte de limbo conceptual oscuro, avasallador y sobre todo muy cargado del sentimiento de no saber qué hacer o decir. Pero esto ocurre porque los términos temáticos de una revista me parecen siempre relativos y opacos [más bien perpetuamente divisibles] cuando no son realmente un tema. Un tema verdadero, el tema, común denominador de algo, tronco de un árbol…, no sé: Los yacimientos de hierro en Gran Bretaña durante la Revolución Industrial, qué tal. Que ése sea el tema para Agosto y lo pongo a votación, a ver cómo te sales de ahí, amiguito. Pero tengo el defecto de que en pasión-evolución-revolución raza cósmica o no sé qué diantre, lo más simple es meter todo, cualquier maldita cosa. Aunque no sabría tampoco qué es lo que regula esta medida tan violenta de meter cualquier cosa, porque vaya que teóricamente todo puede concederse la gracia autodeclarada de ser un tema, sí señor, si bien con el riesgo maldito de empezar a ser más bien un recipiente muy hinchado donde bien valdría gritar ¡Ciencia!, ¡Naturaleza…! y así nos quedarían unas maletas fantásticas tipo Mary Poppins, cosa más bien rara y que me contradice a lo grande, porque si todo cabe entonces cómo le hago para justificar este problema mío para no decir algo, así fuera lo que fuera.

Pero ya qué diablos. Tendría que remitirme continuamente a ese texto anterior para hilar algo, para decir cosas, para justificar por qué allá caí casi en una crisis y ahora necesito restaurar mi fe en la bondad y el sentido de la vida diciendo puras estupideces y riéndome cuando menos de tanta seriedad impostada. Ya no estoy tan seguro, ¿acaso sería mejor publicar el primer texto (si lo publicaran)? Aunque como esto apenas lo escribo me sorprendo junto con ustedes de lo que voy pensando, lo que se va diciendo en la hoja, voy viendo caer las palabras casi como ustedes las leerán, es increíble y maravilloso, soy lector de este texto mío tan absolutamente brillante premio Nobel de literatura, alfaguara de conocimiento imperecedero, y seguirá siendo así hasta que este segundo escrito acabe ocupando el lugar del primero corrigiéndolo y ensanchando sus horizontes, abarcando quizá sin querer la totalidad del pensamiento humano universal. O hasta puede que no pase nada pero en el fondo sabré ―mejor todavía―, descubriré en un ataque de inspiración que esto era un texto pasional y estaba destinado a serlo, por ello ahora irrefrenable, concupiscente, lascivo, escapándoseme de las manos siempre que intento imponerme; así era esto de las pasiones: arranque de todo lo arrancable, efervescencia completa y de unos pocos segundos como casi todo lo efervescente, volcán de plastilina con vinagre y toda la cosa hasta con la misma poca durabilidad. ¡Eso es la pasión del futbol, oh hermanos, a mí que me gusta tan desmesuradamente el deporte y la gracia sin par del waterpolo y todos esos inventos contemporáneos que se suman tan naturalmente a la gama del matraz Erlenmeyer! Esa es la energía desbordada en todo sentido y dirección que aquí buscamos de masa y vinagre y alka-seltzer y bicarbonato, llegar a entender que uses gafas o no igual es un desastre de aquellos, la energía que necesitamos en Disonancia, amiguito, te quedas todo pegajoso de las manos y los cachetes, los mosaicos van a rechinar con los zapatos no sabes cómo.

No sé. Me preocupa que me permita cosas como esta, que acaso alguien me las permita: todo tan gratuito y deplorable. Me preocupa este texto. Me preocupa que probablemente ustedes lo estarán leyendo pronto, lo que significará que pese a las circunstancias hubo consenso en que Rodolfito sí escribió de Hombre y Tecnología [ya no sé si habrá nuevo tema, escribo esto un 6 de julio] o del como se llame de este mes, después de todo. Pero también me preocupa que pueda que en verdad sea así. Si yo quiero creer que encuentro aquí algo sobre el Hombre y la Tecnología seguro lo encuentro, no es ningún secreto que la lectura insta a interpretar, y que interpretar es una operación fácilmente descarriable (yo quiero usar esta palabra, Disonancia, aunque me la subraye en rojo el Word en su cada vez más deshonrosa ortodoxia, y también quiero usar todas las otras que están subrayadas en rojo y en verde. Es que son palabras pasionales, evolucionistas, revolucionarias, humanas y tecnológicas de la era de las redes sociales y la inteligencia colectiva). Sé bien una cosa, miren: siendo jóvenes comunicólogos guapos y fabulosos, ¿no está claro acaso que sabemos hacer todas las cosas del mundo? Así es como cambiaremos la realidad sí señor, y haremos de todo esto un lugar mejor, basta decir cualquier cosa y luego jaloneas alguno de sus extremos para amarrarla al tema. Sí alcanza. Dejo aquí un diagrama, por si quedan dudas.

2

Así procedimos todo el tiempo en nuestras escuelitas. Tú di lo que sea, me importa un cacahuate, le pones un título coqueto y listo. No nos importamos, no hay equilibrio. Somos como unos moluscos espantosos y abisales que se toquetean amargos en lo más negro de lo negro y nos desconocemos y nos decimos Buenos días y Feliz cumpleaños y tenemos perfecto conocimiento de lo que es tener clase y modales. Pero no puedo evitar esta mierda ni parece tocarme a mí tampoco, no puedo evitar la gratuidad: si no puedo reírme, si no puedo quitarle toda la importancia a esto, no voy a poder dejar mugrosas las paredes blancas, que es el ámbito en que mejor se está por principio, y donde acaso se expresan cosas medianamente significativas. Es un extremo lamentable, sí. Pero si me vuelco sobre lo que pienso, si me arriesgo a verdaderamente trasladar lo que creo al papel conservando su naturaleza —intentándolo, quiero decir—, desemboco en el otro extremo, es decir, textos frecuentemente intimistas, tautológicos, oscuros, sobre todo muy aburridos. (Aunque lo aburrido es la distinción entre las cosas que se hacen para el consumo y las que se hacen para el basurero, Disonancia encaja más con la primera modalidad, no es como que yo lo decida ni tampoco como que sea malo. Otro día hago mis textos aburridos a ver quién los lee, un pepenador, tal vez). Por cierto que es éste el filtro más simple de la calidad que yo espero en algo propio: ¿me aburre a mí mismo? A la basura. Aunque no es ninguna garantía de nada (porque, y esto lo sé muy bien, soy mi clase de público, pero cuántos más). Igual todo es horrible. Sé otra cosa: si Disonancia fuera una gestora de grandes rifas y yo tuviera que concursar sacando un papelito de una tómbola, el que habría deseado ganarme de entre todos habría sido Revolución. Quizá porque puedo adjudicarle un sentido más inmediato.

Evolución y Transición…, pues son temas tipo diciembre-enero (porque naturalmente los organismos y la vida del cosmos se trastoca con cada año terrestre sea éste un criterio civil o natural y muchas más cosas de las que supones dependen de ello, la vida en el planeta, el destino de los hombres, la conservación de las especies). Pero también tal vez porque tenía alguna cosa que decir y ya no la dije cuando se pudo. Aunque yo le cambiaría el nombre, de Revolución a Resistencia, y entonces hablaríamos en serio.

Si quisiera, caso que nos ocupa, elaborar una canallada abyecta de aquellas, haría un esfuerzo por ligar de algún modo todos los temas y ninguno (a que sí se puede) para ceder a las ganas de no proponer un discurso útil. Para resistirme con todo lo que tengo en esta posición necia y muy válida de negarme de una vez por todas a que todo tenga una función clara. Pero todavía no sé si lo voy a hacer. Soy muy lateral. Y la lateralidad tan necesariamente aberrante de esta fosa asquerosa de brea que es la posmodernidad y que nos devora con tanta calma me ha educado específicamente en ganar tiempo dentro de la maraña de cosas incomprensibles que a toda persona se le pueden ocurrir. Sirva mi ejemplo: puedo seguir haciendo tiempo (¿perdiéndolo, haciéndolo, desperdiciándoselos?) recordando, escribiendo al vuelo,  alguna etapa de mi vida cualquiera, condescendiente como bien sé proceder.

Como cuando trabajé en una imprenta y me sentía tan preocupado. Preocupado de veras. Todo mal en todos los ámbitos que quieras, familiar, económico, psíquico, emocional, todas esas cosas de las que puede uno quejarse cuando necesita quejarse y suscitar lástima. Veintiúltimos del mes (de algún mes) y yo nomás nada con un simple textito para Disononcia y en general con nada acabado satisfactoriamente en ningún otro ámbito tampoco. Aunque la  preocupación primordial no era Disonancia, sino todo lo que se estaba amontonando en mi vida, ánimo y cerebro, máxime habiendo entrado a uno de esos trabajos en los que necesariamente te acuerdas del sistema de castas o del feudo o de Josef K. y donde llegas por la noche a ver en el espejo las heridas que se formaron en tu espalda y en las palmas de las manos. Y después la metáfora cruel de que sacar un texto a la orilla tendría que parecerse en justa medida a llenar una cubeta bajo el grifo porque toda tu prisa no bastará para llenar más rápido ninguna cubeta. Los grifos tienen un cierto rendimiento que responde al diámetro de la llave y lo cierto es que la llave no va ensancharse para sacarte de apuros. A un grifo qué le vas a decir de fechas de entrega.

Finales de noviembre, entonces, de febrero, de mayo… lo que sea. Y yo en definitiva nunca con un artículo de mediana calidad ni en posibilidad de esperar a que un texto acabara de llenarse; muchas veces pensé que al final mandaría cualquier cosa. Cualquier maldita cosa, para seguir a tono con lo que se me ocurrió hace rato. Espero no estar mandando ahora cualquier maldita cosa, no sea que en lugar de un texto lleno o por lo menos no tan vacío esté entregándoles puros frasquitos de vidrio con agua dispareja. Pero si es así, discúlpenme, es la única forma que conozco de hacer cosas [por ahora].

Lo cierto es que en medio de la ansiedad y boruca que ―quiero pensar― caracterizan los largos períodos de convivencia con uno mismo, hubo tiempo de sobra para que se me aclararan dos nociones por otro lado muy simples: la primera fue entender que nunca valdría la pena hacer cualquier cosa sólo por cumplir (¿), no lo vale, así sea lo que más nos machacó la integridad a lo largo de nuestra vida escolar; todo eso del decir por decir nunca me ha sentado bien y es lo que más al borde de una obstrucción arterial he odiado toda mi vida de la mierda que pulula en las telecomunicaciones y en la red. Y yo no quiero proceder así. De por sí a duras penas se me ocurren cosas o digo apenas nada como para gastármelo en más de lo mismo, o sea en nada.

Lo segundo que se perfiló alto y claro en esta etapa horrible de mi vida fue distinguir, y de hecho empezar a aceptar, que ahora veo la presencia de una atadura tremenda en las cosas que pienso, el estigma de mi forma de reflexionar —y por tanto de escribir y decir cosas— que a estas alturas no sé si será algo positivo o lo que acabará de lastrar mi voluntad ante el mundo.

Esta atadura la veo en dos elementos: la inconsistencia y el hastío. (Un hastío tiernito e indeciso que no acaba por ser tal, su matiz es ambiguo y casi amable).

Siendo esta inconsistencia y este hastío los que suelen definir (sin preguntarme) los rumbos por los que un texto mío tiene permitido avanzar, y al tiempo que dan el tono que me deja creer que no me traicioné al escribir y que en efecto soy yo el que escribe, son también el vapor que está corroyendo la posibilidad de algo más, lo que amenaza mi comodidad ignorante de pensarme a salvo del tope definitivo, del techo conceptual que impide que lo más natural suba y florezca. Es la misma zona en que las cosas se extinguen previas a su producción y que ruego alguno haya experimentado y así lo cercioren un día que me vean para saber que al menos es algo que pasa.

3Me acordé ahorita de un video que vi hace rato. En él aparecía Godard diciendo que ya no se sentía tan enamorado del cine como cuando al principio ―I’m already tired— dicen que dice los subtítulos. Y por un poco sentí que entendía a lo que se refería: hay cosas que maduran sin ver la luz de nada. Hay pensamientos que crecen, que se nutren del mundo vivencial, que se integran al dolor de la vida, que se amargan o bien conducen a una luz, que evolucionan o mueren, pero de los que nadie sabrá nunca porque ocurren dentro de los muy estrictos límites de una mente humana.

Así tal vez mi precaria situación económica o interpersonal me han orillado a largos períodos de inactividad y reflexión en los que nada realmente sucede, pero donde ya todo se completó y terminó. Cierro una etapa a los ojos de nadie: lo último que dije era optimista y fresco. Lo de hoy en cambio parece cansado y melancólico. Entre una cosa y otra qué ha ocurrido. ¿No debería presentarse una gama graduada? La hubo. Sólo no me acompañaron en su experiencia. Para ustedes salté del uno al cuatro, comiéndome el dos y el tres. Y eso es inaceptable.

La inconsistencia. Es este un texto inconsistente para hacerle unos muy descarados honores a la vergonzante imposibilidad de seguir con algo por más tiempo. La condena de seguir escribiendo lo mismo al querer decir otras cosas con la esperanza de que en la base se encuentre la voluntad para darle por fin la espalda a la estupidez que compramos, de no estar imbuido en la misma dinámica deplorable del sistema por más tiempo. Sé que esto es un texto bastante desechable, y como tal debería estar donde debe: en la basura. Pero también creo que me dolería poner todo esto en el basurero porque es un antecedente muy justo y también un ejemplo de lo que siempre he quiero decir sin lograrlo. Su valor es el mismo que si lo hubiese arrugado y puesto en el cesto, es verdad, porque es un texto que al parecer concluí sólo para mí, saltándome todo lo que le daría sentido a los ojos alguien que no sea yo. No me molesté en sacarlo de mí. Y si ocurrió de este modo es porque es un texto que sé de memoria, habla de cosas que he pensado siempre. Las he pensado tanto que ya no sé lo que son. Tienen tanta raíz que ya no sé explicar lo que fueron ni lo que implican. No son nada. No significan. Pero están, y su presencia me agobia y hay que intentar decir algo, cuando menos. Hay que seguir trabajando en darles luz. Hay que resistirse a esta brea que sigue devorándolo todo y que odio tanto y que tendríamos que odiarla todos profundamente.

La consistencia la asocio ahora con la claridad, la humildad, la madurez, características todas ausentes en esto que escribo y en todo lo que he escrito, sin ir más lejos. La consistencia es algo admirable cuando se descubre lo poco buscada que aparece en un texto (en una coreografía, en un lienzo, en una pieza musical). Sus opuestos, la volubilidad, la lateralidad, la celebérrima posmodernidad (v. gr. cucharas de plástico pintadas de plateado para que parezcan de plata) esas tienen que ver conmigo y con nosotros. Y nos estamos dejando.

Creo que tienen que ver también con la juventud, con la ignorancia. No siempre. Pero para verlas como ventaja habría que dejarlas ocurrir desde otro estadio, estadio en el que [ciertamente] yo no me encuentro. Cuando maduras, la volubilidad es algo que puedes permitirte practicar voluntaria y ocasionalmente, no una condena permanente.

Hubo una ruptura grave. Algo ha pasado en estos meses. Me siento incapaz de decir por escrito nada que valga la pena. ¿Por qué razón se atreverían a esperar de mí algo que valga la pena? Con qué cara aceptaría yo tomar el papel de quien está en posición de decir algo valioso. Cómo voy a poder sobrellevar esta responsabilidad enorme de gente que va a perder su tiempo leyéndome, cómo voy a dormir tranquilo con tanta porquería conceptual anegando absolutamente cada rincón de mi cerebro.

Pensaba hace unos minutos que para mí estar en la escuela, odioso como era (con sus agradables matices, de acuerdo), me permitió contar siempre con el saludable componente de adversidad que, creo, viene bien a todo espíritu humano. La adversidad es un estímulo de efervescencias fértiles. Pero eso lo descubres hasta que los discursos adversos menguan y entonces te descubres mascullando lo que de todos modos ya pensabas, sólo que ahora sin ningún interés para nadie porque ya no lo concitó un enunciado adverso. Ya no habrá un maestro o un compañero que se admire y advierta que piensas acaso ligeramente distinto a las grandes manadas del consumo.  Las cosas ya no pueden ser liberadas discursivamente. Qué vas a discutir. Con quién. A nadie le importa. Bienvenido al mundo.

Una vez perdida la posibilidad académica de encuentro, de choque violento, lo adverso se vuelca en un rubro en que de nada sirve y donde nada germina. Y díganme que no: privados de la posibilidad de obligar a la mente a que encuentre lo adverso en un nivel sólo intelectual, de mantenerse buscando soluciones frescas para la estupidez flagrante e ininterrumpida de algún, digamos, probable programa universitario local, la adversidad se pierde y empieza a ser buscada en cosas que no nos conviene dejar machucadas pero que de todos modos las machucamos bien padre, digamos que forzamos a la adversidad a caer en el nivel interpersonal, a caer en la calidad de los encuentros humanos y a machucarlos y dejarlos a medio morir, machucamos la posibilidad de comprensión real con el otro porque necesitamos adversidad para que algo florezca y para que la inteligencia no nos pese y nos coma la razón.

Tuve, por ejemplo, durante los cuatro años que duré en la universidad, la adversidad discursiva siempre sana y estimulante que suponía la estupidez flagrante e ininterrumpida de mis muy variadas clases, era esto el más verdadero apoyo para la reflexión de cualquier tipo. La adversidad se me fue, se me perdió: la saco ahora de cualquier cosa, la busco y nunca está del todo. Es el hastío y la ansiedad. Es una adversidad vacía que difícilmente propicia otra cosa que su propio crecimiento. ¿Alguien ha asimilado la indiferencia tan enorme con que el mundo te abofetea la cara de ida y vuelta?

Ansío la consistencia. La devoro agradecido: cuando estoy leyendo un libro o viendo una película, cuando escucho música, lo que más disfruto en ello es que todo está admirablemente dicho, dispuesto, imaginado. El hecho de que al autor parece no haberle costado nada enunciar lo que quería. Son para mí características tan evidentes y poderosas que por principio me sumergen en el estado de no querer decir nada nunca más. Pero es éste un sentimiento positivo, porque encuentro algo que yo había estado buscando a tientas sin poder darle forma. Y de pronto alguien ya lo dijo, de pronto me topo el pensamiento exacto en un libro, en una película, en una pieza musical.

Y pienso, de hecho, que si algo en la vida, una obra humana, llama nuestra atención, es porque porta algo que nos pertenece, algo que nos ha sucedido y nos es familiar. Y de ahí viene ese sentimiento amplio y verdadero que para mí resulta, por ejemplo, de ver una película que puedo amarrar a mi existencia, porque habla del hombre, y de lo que realmente pasa con él. No es únicamente un objeto de consumo destinado a la recreación más idiota, a la ligereza, no es algo que apele a la estupidez,  a la ebriedad de la gente, como diría mi amigo Poli.

Hasta hace algunos meses me parecía una dinámica inútil y sobre todo bastante estúpida aquello de llenar blogs, revistas, sitios digitales, con retazos de cosas de lo que autores de cierto dijeron, fotografías tomadas por quien tuvo buen ojo para ello, videos de quien cantó dejándose la vida en el escenario sin preguntar nada a nadie, grandes bailarines y arquitectos, grandes cineastas… Lo juzgaba inútil (todavía un poco) porque muchas veces me pareció que su compilador intentaba decir algo sobre su cultura personal con lujo de vanidad y no tanto admitir a partir de lo compartido que sus autores pronunciaron cosas esenciales para él mismo ahorrándole muchas molestias.

A estas alturas no tengo ya muy claro lo que pienso al respecto. Pero sí sé que cuando uno distingue por fin que hay una línea clara y constante de pensantes que a lo largo de la historia han creído en la bondad, en el hombre, en alcanzar un cierto nivel ideal de humanidad, y sobre todo al aceptar que gracias a estas personas está ya casi todo expresado magníficamente, a uno no le queda más que callar, empezar a escuchar en lugar de empeñarse en decir. Dedicarse a leer en lugar de escribir. Escuchar, qué simple. Escuchar y ya. Y no por despreciar la voz propia, sino porque empieza a distinguirse que los pilares que han sostenido el pensamiento humano han estado ahí desde siempre y que sería más fácil encontrar lo que uno cree que piensa de sí y de la existencia si lo busca primero en lo acertado de una reflexión anterior. Descubro entonces que mucha gente me ha pronunciado ya, muchos han dicho ya lo que yo necesitaba decir. Y es así como me veo obligado a agradecer a la multitud de escritores, cineastas, músicos que han hablado por mí y lo han hecho estupendamente, ahorrándome bastantes descalabradas.

Cuando uno teme la incomprensión, cuando uno elige el grillete sangrante de la individualidad, dan ganas de decir cosas para siempre, de discutir insaciablemente pensando que se está solo y en la oscuridad. Pero levantando la vista llega pronto la certeza de estar sostenido por un oleaje apacible de enunciados calmos, de líneas límpidas de gran rigor lógico, de un alimento perenne que no tiene nada que ver con el útil, o con la función. Y lo más bello es alcanzar a distinguir que estas líneas conducen a un punto de fuga único e innegable, y que aunque suene simplista y estúpido es en la posibilidad de su encuentro que la humanidad (o cuando menos el sector menos necio y plástico de ella) se ha obligado a avanzar.

Ahora bien, alguno estará mascullando horrorizado: nos tienes acostumbrados a tus textitos quejumbrosos y ahora te pones esotérico. No hay nada incorpóreo o abstracto en la impresión que quiero definir. Pensaba por ejemplo, al iniciar este texto, que hay cosas sobre las que podría (a no ser que ocurra un accidente fatal o pierda la memoria) hablar para siempre, cine y música entre ellas. Pero en estos días en que todo es difuso y desesperanzador, se perfila mucho más agresivo otro grupo de sentimientos: primero el hecho de que nunca haré justicia ni al cine ni a la música en un texto, ni seré capaz tampoco de expresar lo importante que han sido en mi vida diaria.

Segundo, la música y el cine alcanzan su más perfecta sustanciación en la música y el cine. Para qué vamos a andar aterrizándolos en un lenguaje de palabras que nada tiene que ver con lo que les da vida, el sonido y la imagen.

Tercero, será mejor pedirles que vayan y vean una película por el puro gusto de verla y pongan un disco por el puro gusto de oírlo, sin atorarse en intelectualizar todo el proceso y sin empeñarse en no entender, en polemizar, complejizar¸  y para abreviar, sin poner en práctica ninguno de esos verbos tan idiotas y antinaturales propuestos por la cultura oficial y los rincones enmierdados de algunas ciencias sociales, tan elevadas en su propia conceptuación que se han ido olvidando que existe el planeta Tierra y sus habitantes. No hay nada de complejo y polémico en escuchar un disco, en leer un libro. Es sólo una búsqueda de hermanamiento, de comprensión, de aceptar que si a primera vista parece reinar el descontrol y la ignorancia, es justamente porque a primera vista parecen reinar y a ello nos hemos atenido. No queramos que así sea, no aceptemos que el poder nos imponga sus consumos y juegue tan a sus anchas con nuestra vida. Hay otra opción muy grande y muy cierta, y es la RESISTENCIA de la que hablaba. Y cuando se practique esta resistencia se verá que muy poco tiene que ver con el encuentro violento de ideologías, con la puesta en controversia de lo superfluo, con el periodismo más amarillo e imbécil, con el choque físico de energías opuestas. La resistencia es la modalidad más concreta y digna de la revolución para nosotros, internautas hogareños y delicaditos. Es el enfrentamiento callado contra el mundo desde la no-aceptación de lo que hay. No porque las cosas existentes sean las únicas posibles tenemos que tragarlas, en eso no queda nada de inteligencia y por ello nada de humano. Yo he estado aquí negándome. Con precariedad porque no tengo más discurso ni claridad ni consistencia, negándome a que me impongan qué creer, y por tanto qué consumir y en qué invertir mi energía. Encontrar el territorio en que debes arraigarte, los valores que debes adoptar, debe ser una búsqueda a la que nos entreguemos, y perdónenme el romanticismo tan anacrónico, pero se me están acabando las palabras.

Para mí el cine, la música, la literatura, son puntos claros de anclaje en la bondad. Son salvavidas pachones y abrigados. Mientras sigan existiendo yo tendré un indicador de que no nos hemos convertido en seres que mastican tachuelas creyendo no necesitar otra cosa que gran seguridad económica y futuro perdurable para masticar así tachuelas por más tiempo. Debemos aguantarle la mirada a nuestras pasiones, confiar en que son el propulsor primordial de una vida genuinamente humana, sin las cuales todo sería pura consecuencia y cartón corrugado. Si en algún momento el destino de una vida ha tenido un sentido que valga la pena, si las artes han sido aquello a lo que dicen aspirar y no la pura evasión o un sistema mercantilizado más, si es que se guarda alguna esperanza por el futuro del hombre, entonces debemos demostrar esa fe mediante una exigencia inclemente al mundo que se nos entrega. No hemos de darlo por hecho jamás, hay que detestar que se esté pudriendo tan rápido en vez de pensar que así son las cosas. Quizá seamos culpables de nuestras modestas formas de destrucción personal, de indolencia, de egoísmo, de herir a personas amadas. Pero por lo menos hay que aceptar que estas cosas ocurren y negarnos a que se vuelvan naturales, no hacernos de la vista gorda porque vaya que nos cargamos una estela corrupta bastante espesa.

Y ya. De verdad ya no supe qué fue esto. Creo que es, por principio, que me molesta ver que un proyecto flaquee. Disonancia, o cualquier otra propuesta, para el caso, están para decirlo todo. No para andarnos con cuidado de si a fulano o mengano lo vamos a herir en su sensibilidad o de si nos van a seguir considerando en el espectro de quienes dicen cosas bonitas y le echan florecitas a la mierda sistemáticamente como si de eso pudiera germinar algo.

Texto: Rodolfo Hurtado

Imágenes: Varias Web

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2 comentarios el “Elegía al anquilosamiento extremado de nuestra precaria e inmóvil existencia.

  1. Juan Ramón
    julio 28, 2013

    ¡Aplausos! Ni en mis peores pesadillas leería todo este chorizo de un jalón, pero por lo que alcancé a captar estoy de acuerdo (como si hiciera falta).

    As: Mask – Bauhaus.

    • Rodolfo Hurtado
      agosto 17, 2013

      Pues le agradezco, Compañero. Yo creí que ya nadie había leído esto. Tengo claro que luce bastante intragable de lejos (y de cerca también, qué diablos), y que de hecho es así como se pone por ahí de la mitad. Pero con alguien que le haya dado una oportunidad creo que ya voy de gane.

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Esta entrada fue publicada en julio 9, 2013 por en Artículos, Hombre y tecnología y etiquetada con , , , , , .
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