Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Cortázar, mago maestro.

 cortázar          Cruzando el umbral de sus palabras se me fueron revelando cosas que todavía no puedo despegarme.  Me donó una clase distinta de entendimiento, un poder a la vez profundo y sutil.  Nunca voy a olvidar las primeras veces que lo leí.  Me ocurrió lo que ahora sé que es el signo más claro de que algo me gusta: quise que todos lo conocieran, lo leyeran, se entusiasmaran como yo.  (Ésa es la razón por la que casi no tengo sus libros: los he ido regalando.)  Lo que escribió brilló como debe brillar en la literatura el lenguaje opacado por el uso diario.  Parecía que su conciencia abarcaba todo lo decible y más allá.  No había posibilidad que se le escapara a sus artes de clarividente.  Lo bebí para sentir que la vida era nueva, que se podía acceder a otras dimensiones a través de algo tan prosaico como un libro y sus componentes.  Una palabra, un sonido que vibra en la conciencia, un concepto que araña una cuerda específica del acorde, con el mayor cálculo.  No nada más sonaba bien: hacía reír, soñar y ante todo sorprenderse.  Fue y siempre será un artífice inigualable de la admiración ante el entendimiento profundo del mundo y quienes lo habitamos.  Estoy seguro de que eso se lo debió a la impresión que en él mismo causaron el arte y su hermana gemela, la magia.

Llaves y puertas, avanzar, cruzar, dar pasos —incluso contra la física.  Su mundo es el corredor de lo posible, no del apoltronamiento conformista.  Por eso siempre he vuelto a él en los ratos más terribles de mi vida.  Siempre que estoy a punto de dar otro salto mortal está ahí, en forma de aparición espectral, para decirme que cualquier camino es transitable, que lo importante es cargar la mochila y seguir en el camino, a la Kerouac.  Maestro de la risa y la sorpresa, del juego y de ésa, su pobre sombra, que llamamos vida.  Lo honro y nunca dejaré de agradecerle el cambio que indujo en mi propio sendero.  Ya no podría entender nada de lo que soy sin la manera en la que me enseñó a creer en el asombro, en la espiral perpetua del azar que nos lleva de un lado a otro como tornillo de Arquímedes.  Ese asombro, ese entendimiento alterno de las cosas, es el estado al que todos los que jugamos en serio aspiramos a tener durante todo el match.  Pero no es fácil; requiere compromiso y, como él mismo dijo, “darse a fondo, como cuando se nada o se duerme o se quiere”.  No todos tenemos la entrega de espíritu ni la determinación necesaria pero en la lucha estamos; y, en mi caso, gracias en parte a la belleza directa de sus palabras, que se clavan —espina dorada— en cualquier corazón dispuesto.

Texto: Juan Ramón Velázquez Mora
Imagen: Varias web

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Esta entrada fue publicada en julio 29, 2013 por en Artículos, Espiritualidad y etiquetada con , , , , , , .
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