Disonancia

Por el gusto de hacer, ver y sentir diferente

Tintinnabuli

One plus one, it is one – it is not two. This is the secret of this technique

-Arvo Pärt

 Cuando entré a la sala de conciertos del Teatro Bicentenario buscaba una cara familiar aunque le perteneciera, técnicamente, a un extraño. No tardé en hallar un rostro apacible al centro del recinto rodeado de quienes seguro eran intérpretes y podría ser que algún acompañante personal. Poca gente, sino es que casi nadie, se acercó al maestro Arvo Pärt antes de iniciado el concierto. Un par de personas le reconocieron y lo saludaron, el compositor respondió sonriente y cálido, dando la mano y algunas palmadas en los hombros. Yo sólo miraba la escena desde el palco pensando en que debía tocarlo.

© Teatro del Bicentenario – Fotógrafo Arturo Lavin

Casi no me di cuenta cuando la Orquesta de Cámara de Tallinn entró al escenario, Pärt ni aplaudió. Luego entró el director, Tõnu Kaljuste, y el concertino comenzó a interpretar Fratres, una preciosa composición para violín, orquesta de cámara y percusión. Mi atención flotaba entre la música y las reacciones del compositor, ya que, siendo yo un inepto y discapacitado para escribir cualquier cosa que suene remotamente bien, pese a todo disfruto de escuchar lo que hago por más feo que quede. De tal manera, me dio mucha curiosidad ver a uno de los grandes compositores de la música del siglo XX (y quizás en los libros de historia lo compararán con otros más grandes o igual de grandes),  reaccionar ante sus propias composiciones que, dicho sea de paso, son bellísimas.

El tintinnabuli es una técnica ideada por el mismo Arvo Pärt en el que los sonidos son claros y precisos, dos voces se mueven reguladas por un tempo contemplativo en el que una, la voz tintinabular, arpegia la triada y la segunda navega esta cadencia en toda la escala. El resultado es una meditativa composición que recuerda un poco el tañer de las campanas, de ahí el nombre, tintinnabulum (lat. campana), que se aprecia como un gran Todo envolvente, poderoso y hermoso.

Arvo Pärt nació en Estonia en los años treinta, su país fue anexado a la U.R.S.S cuando era niño, de forma que los burócratas tuvieron suficiente tiempo para aislarlo de las corrientes artísticas de occidente. No obstante, algunas grabaciones y partituras ilegales llegaron a sus manos, otorgándole el contacto con las vanguardias.

Pero Pärt tuvo una crisis creativa, se dedicó a estudiar a fondo los orígenes de la música occidental y poco a poco fue depurando su estilo. El conocimiento detallado de las estructuras musicales antiguas le da a su música un cuerpo elegante y definido, pero lo que destaca es la transportación de estos lenguajes ya milenarios a un estilo compositivo moderno y propio. Por la misma época se unió a la iglesia ortodoxa y estalló su periodo más prolífico y creativo. Quizás la crisis fuera también espiritual debido a que encontró calma en la religión, y claro: sólo alguien tan cerca del cielo puede encontrar tanta belleza en este mundo, y se lo agradezco.

Siguió un cantus y una hermosísima pieza llama El Lamento de Adán, de hechura reciente y, por lo que sé, nunca tocada en América Latina, además de que me abstuve de buscarla en internet desde que supe que estaría en el programa, ya que nunca la había oído y quería perder mi virginidad de ella en vivo. La espera valió toda la pena, casi lloro: Pärt es de los pocos músicos que saben darle su justo valor al silencio, el cual, en esta pieza, marcaba de manera casi fúnebre el texto cantado por el Coro de Cámara Filarmónico de Estonia, se sentía la pérdida, el dolor y la tragedia.

Intermedio

Dudé un poco antes de dirigirme hacia el compositor, seguro destacaba en la sala porque iba de jeans y playera a rayas entre tanta gente de traje y vestido de noche, al final no me importó y bajé a la luneta, pedí una pluma y me acerqué a pedirle que firmara mi programa de mano y lo hizo, crucé unas palabras con él, no fue una gran conversación por lo que no vale la pena transcribirla.

© Teatro del Bicentenario – Fotógrafo Arturo Lavin

De regreso a la sala Arvo Pärt aún firmaba autógrafos, cuando la segunda parte del concierto comenzó ocurrió algo increíble: el coro interpretó Virgencita,  una plegaria a la Virgen de Guadalupe que estuve seguro que se había compuesto especialmente para las presentaciones que Pärt habría de tener en México (León, Guanajuato y el Distrito Federal), el programa de mano decía “estreno mundial” y seguro ha sido un gesto del compositor en agradecimiento al homenaje que este Festival Internacional Cervantino número cuarenta le ha hecho a su persona y trayectoria. Una gran ovación ocupó el recinto al finalizar la pieza, gritos de bravo y el evidente entusiasmo obligaron a Pärt a recibir los aplausos de pie y saludar al público, la luz lo iluminó para que los distraídos supieran en qué lugar se encontraba.

Luego del gesto, volvió a su asiento a escuchar el resto del concierto. Una celesta que sonaba diáfana acompañó Salve Regina. Debo decir que siempre quise escuchar este instrumento en vivo, su sonido es cristalino y muy conmovedor, justo el tipo de timbre que Pärt logra extraer de sus partituras.

Al final se interpretó Te Deum, una robusta y magnífica composición para tres coros, piano, orquesta de cuerdas y una grabación de arpa eólica. Los timbres y matices recreaban volúmenes e imágenes muy vivas. Yo dejé de escuchar música, entré a un estado o transe que me dejó una especie de vacío sin que esto sea negativo, más bien me rebasó lo que escuchaba, el sentimiento fue algo parecido a esto:

El público ovacionó de pie a la orquesta, al coro, al director y, por supuesto, al compositor. Arvo Pärt dejó su asiento para subir al escenario y agradecer el aplauso larguísimo que bien merecido era. Tanto él como el director recibieron un arreglo floral para después emprender una travesía esquivando instrumentos y músicos para felicitarlos a todos y, personalmente, al menos a los solistas. La ovación fue tan generosa que Pärt susurró algo al oído de Kaljuste, acto seguido, la orquesta y el coro interpretaron a manera de agradecimiento una canción de cuna, bella, preciosa, que Pärt escuchó parsimoniosamente sentado en el banquillo de la celesta.

Bendecidos de una música que lleva toda la carga y la impronta del triángulo aristotélico (verdad, bondad y belleza), sepa el público que no escuchó sólo música, era el eco del alma de un hombre pleno. Ojalá fuéramos todos músicos, así sería mejor la vida y el mundo.

© Teatro del Bicentenario – Fotógrafo Arturo Lavin

     Texto: Adrián García

Fotografías: Teatro Bicentenario

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